La construcción nacional
El concepto viene del inglés “nation building”, construcción de la nación, expresión puesta de moda por una escuela que ha subrayado la idea de que las naciones se hacen y las hacen los nacionalismos.
La expresión “construcción nacional” describe un proceso de “nacionalización” de la población, de la economía, de la cultura y de las artes, etc., propio de la modernidad; un proceso impulsado o bien por el propio estado en algunas viejas monarquías europeas, cuando intentan transformarse en estado-nación, o bien por nacionalismos alternativos al poder existente en los casos postimperiales o postcoloniales o en los estados-nación fallidos. Lo que se entiende por construcción nacional es siempre el alumbramiento de una nueva realidad: la formación de una comunidad nacional homogénea, bajo la pauta de un nuevo concepto: la nación. El término en castellano que expresa mejor esa acción no es el de construir, que tan sólo evoca edificar o erigir, sino el de formar (la formación de las naciones) que sugiere más significados: dar forma de acuerdo con una pauta previa, criar o educar o desarrollar, poner en orden, juntar personas para hacer un cuerpo unido. Más allá de los malos recuerdos que este término trae a quienes fuimos escolarizados en la “formación del espíritu nacional” (español), su contenido es el meollo de toda construcción nacional.
La nación implica: a) una nueva escala territorial, más allá de la aldea, la comarca o la provincia, distinta a la del poder político estatal monárquico o imperial existente; b) una nueva manera de concebirse, como una gran familia que desciende del mismo tronco; c) una personalidad distinta a la de otros pueblos, basada en la singularidad de su lengua, cultura, costumbres y tradiciones, así como de su historia; d) una aspiración de autogobierno que asegure su supervivencia como pueblo y su desarrollo como tal.
El nuevo concepto, la nación, y la realidad que impulsa, la comunidad nacional, han ocupado un lugar central en la historia mundial desde hace dos siglos. El fenómeno nacional surge como tal en la Europa occidental, pero posteriormente se expande por todo el planeta. De manera que casi todos los estados y multitud de movimientos nacionalistas imitan, de una u otra forma y con mayor o menor fortuna, los procesos de construcción nacional que se dieron inicialmente en Europa.
En la primera fase, se elabora la definición nacional básica, esto es, se delimita el territorio de la nación y se propone un proyecto de la comunidad nacional a construir. Por lo general esto lo hace una élite, precursora del nacionalismo por lo general, en la que desempeña un papel clave el pequeño grupo de intelectuales (escritores, poetas, historiadores, lingüistas...) que define la nación, crea sus mitos y símbolos, etc.
Luego viene un proceso de penetración de ese mensaje en la población, normalmente bastante prolongado en el tiempo, cuyo resultado es el mejor indicador del momento en que se encuentra la construcción nacional y del éxito o fracaso de la misma.
Una vez que se alcanza cierto nivel de identificación de la población es difícilmente reversible, en un sentido involucionista, en las circunstancias del mundo presente. No se suele hablar ya de construcción nacional allí donde ese proceso se ha llevado a término básicamente, si bien en tales casos pueden plantearse situaciones que cuestionen ciertas claves de la identidad colectiva y que exijan una actualización de la misma. Pero en todo caso, la construcción nacional es un proceso siempre inacabado. La vida hace surgir nuevas circunstancias, nuevas generaciones y vivencias, y las naciones se ven sometidas a cambios y nuevas necesidades que le exigen, cuando menos, una readaptación de sus funciones y, por tanto, de la identidad colectiva.
La clave del éxito de la construcción nacional estriba en la capacidad de convencer a la sociedad de que se identifique con una “cultura pública”, por la que aquella se ve como una comunidad de pertenencia y una comunidad de obligaciones con los connacionales que comparten un origen común, una misma cultura y lengua, etc., a las que debe lealtad
No es nunca un proceso neutro o aséptico. La construcción nacional nunca es un proceso social neutro o aséptico. Todo lo contrario, es inseparable de varios fenómenos que generan notables cambios sociales.
Es inseparable de una lucha por el poder, por la autoridad, en todos los campos de la vida social. Esto es más patente acaso en el terreno de las instituciones políticas o en el vasto campo de la cultura, dos campos en los que la sensibilidad nacionalista alternativa suele echar el resto. Pero también se extiende por lo general a la esfera económica y a otras más.
Toda construcción nacional es, entre otras cosas, un proceso de legitimación del poder, sea cual sea su inclinación ideológica (conservadora, centrista, socialdemócrata, etc.), y de un nuevo sistema político dirigido por un nacionalismo alternativo. Como tal, compite con las demás propuestas de legitimación del poder, a las que descalifica con argumentos centrados en lo nacional, como la imputación de defender un poder “ajeno” o de otra nación, sentido descalificador que tiene la acusación de “españolista”, o la de subordinar lo nacional a otro criterio (de clase, ideológico, etc.). El meollo de estos procesos de legitimación del poder reside en unos códigos de valores elaborados por las propias élites “locales” más interesadas en su propia autopromoción; códigos que dan un soporte moral a la pretensión de que el poder esté en manos de los “nuestros” y que enganchan con la cultura tradicional y con los sentimientos y afectos de los “nuestros”.
A resultas de todo ello, y en la medida de su éxito, significa el ascenso social de determinados sectores, y el desplazamiento y descenso consiguiente de otros sectores, especialmente entre los funcionarios de la administración, la enseñanza y la cultura, en virtud de su adhesión a la ideología del movimiento nacional(ista) o de su competencia lingüística en la lengua nacional. Esto último es muy importante en aquellos procesos nacionales que reivindican una lengua que precise un impulso de normalización.
La construcción nacional no es, tampoco, un hecho neutro o aséptico desde el punto de vista de la moral pública. Por el contrario, es inseparable de unos cuantos fenómenos esenciales de la modernidad, entre los que destacan por su alcance moral y progresista estos dos. Primero, el cuestionamiento del antiguo régimen, de su sistema político y de la autoridad tradicional, mediante la propuesta de democratizar el poder de acuerdo con las teorías de la soberanía nacional-popular. Segundo, la integración en la vida política del grueso de la población trabajadora, excluida del sistema político hasta entonces, a través de su alfabetización y escolarización y del sufragio universal (sólo masculino, hasta los años de la IIª República). Como aspecto particular de ambos fenómenos, allí donde la lengua de la mayoría ha quedado relegada y no es la lengua vinculada a la modernización, como en el caso vasco, la construcción nacional es inseparable de una propuesta de normalización lingüística que corrija situaciones sociales de desigualdad y discriminación adosadas, en tales circunstancias, al hecho de haber nacido con una lengua “equivocada”. El nacionalismo no es el único en promover esos fenómenos. Otras corrientes ideológicas, como el liberalismo y el socialismo, compiten con los nacionalismos en el impulso de la movilización social y política que produce esas transformaciones en la Europa del siglo XIX en ciertos casos y, en otros, durante el XX.
Nacional y nacionalista. Los términos nacional y nacionalista se usan con muy diversas acepciones, entre las cuales conviene distinguir el uso que del primero se hace en la literatura nacionalista y un uso más aséptico y descriptivo de ambos conceptos como es frecuente encontrarlo en las ciencias sociales.
En este último sentido, más aséptico, el término nacional apela a un resultado de integración de la población alrededor de una determinada idea nacional y el término nacionalista designa una voluntad explícita de intervención para lograr tal resultado. De modo que lo primero es fruto, más bien, de lo segundo. El fenómeno nacional no brota por generación espontánea; no hay fenómeno nacional sin padre y madre, esto es, sin algún nacionalismo y sin nacionalistas que lo apadrinen. Mientras que el nacionalismo opera siempre sobre una base dada (pre-nacional o protonacional o como se quiera llamar), que en ocasiones puede ser más fuerte incluso que la acción nacionalista, esto es, cuando lo nacional no tiene como referencia principal a los partidos y a las gentes que se reivindican nacionalistas.
Esta acepción de lo nacional, como un resultado de integración social ya logrado, es útil para medir el éxito de la propuesta nacionalista. Permite medir, por ejemplo, si el resultado nacional es distinto al querido por la intervención nacionalista, cosa que ocurre cuando la propia sociedad impone al proyecto nacionalista ciertas correcciones en virtud de circunstancias relevantes como la diversidad profunda de la misma.
Entre nosotros, en cambio, el término nacional se usa preferentemente como arma de combate de la retórica política, como un eufemismo que convierte lo nacionalista en nacional y pretende darle más empaque, como cuando convierte una aspiración nacionalista en un hecho nacional o cuando convierte un derecho lingüístico en un derecho nacional. De manera que sirve para encubrir una intervención o un deseo o una definición estrictamente nacionalista, cuyo contenido es de signo vasquista donde es hegemónico el nacionalismo vasquista y de signo españolista allí donde es hegemónico el nacionalismo españolista. El hecho de que el sentido nacional de tal intervención o propósito o definición no sea compartido por otros compatriotas que no se adscriben a ese nacionalismo o bien deja en evidencia la falsa atribución de nacional o bien revela un talante monopolizador de lo nacional y excluyente de aquellos que no lo comparten.
La acepción más aséptica del término nacional cuenta con un consistente respaldo histórico, ya que ese término adquiere un nuevo sentido al usarse para describir la integración de ciertas capas de la población que se da entre los siglos XVI y XVIII en Francia, Inglaterra y Holanda sobre todo. Un fenómeno social de mayor integración de poblaciones y territorios bajo un poder soberano estable que se apoya en una conjunción de factores: culturales (desarrollo de las lenguas vernáculas), filosóficos y políticos (el estado absolutista, mayor fijación de las fronteras estatales, la filosofía política inglesa), sociales y económicos (desarrollos tecnológicos, inventos como la imprenta, mejora de las comunicaciones, “descubrimiento” de nuevos mundos y de nuevas rutas, etc.
Con el paso del tiempo, la otra acepción también puede alegar en su favor el respaldo de la historia. En particular, desde que las élites dirigentes de un país deciden que ese fenómeno de integración social, inicialmente restringido a unas capas de la población, debe extenderse a toda la sociedad. Este es el momento en que surge el nacionalismo, sea por parte de los estados que pretenden la nacionalización de su población sea por parte de los nacionalismos que reivindican ser una nación y tener su propio estado. En ambos casos se propone la misma faena de hacer homogénea: en una cultura, una lengua, una tradición, una idea nacional, etc., a toda una población determinada.
En el clima predominante del siglo XIX, nacional y nacionalista se confunden; lo uno y lo otro vienen a ser lo mismo en la práctica. Cosa que también ocurre en nuestro caso, en Euskadi hasta antes de la guerra civil, mientras el nacionalismo vasquista es una corriente todavía minoritaria en el conjunto de Euskal Herrria. El término nacional tiene mayor sentido en la actualidad, cuando, por efecto de la influencia del nacionalismo vasquista, la sociedad ha asumido una buena parte de su concepción nacional(ista).
Donde la gente está escindida en sus identidades políticas nacionales, como en el País Vasco, importa cuidar la claridad conceptual. Y tanto si se opta por identificar ambos conceptos como si se opta por distinguirlos, conviene subrayar a continuación, para no confundir las cosas, los límites y avances más sobresalientes de cada uno de ellos. Por ejemplo, que no todos los nacionales son nacionalistas per se; o que la correlación entre ambos en los años treinta (con la sociedad de los tres tercios: 1/3 nacionalista, 1/3 de la derecha españolista, 1/3 de izquierda) ya no se da en la actualidad.
Un proceso de identificación y de institucionalización. La construcción nacional vasca comienza a darse a finales del siglo pasado, por lo que cuenta ya con un siglo de historia y resultados notables en su haber. Comprende un triple proceso:
A) De identificación con la idea nacional definida por el nacionalismo vasco: que Euskadi o Euskal Herria es una comunidad lingüística, cultural y política, asentada en los siete territorios tradicionalmente considerados vascos, singular por sus raíces pre-indoeuropeas, una comunidad que desea asegurar su continuidad en el nuevo milenio; lo que conlleva la exigencia de proyectar dicha identificación en todos los planos de la vida social (política, sindical, económica, cultural, profesional, etc.)
B) De identificación con una herencia cultural y lingüística, el núcleo duro que más define la identidad nacional propia y diferente (ni española ni francesa) del pueblo vasco, y con la exigencia de sostener su protección y desarrollo.
C) De identificación con un horizonte de soberanía y autogobierno, ambas cosas bien como símbolo distintivo de la identidad colectiva o bien como instrumento y garantía del pleno desarrollo futuro de la identidad singular vasca y de poder llevar a cabo unas políticas de bienestar. Se propone hacer un camino de autodeterminación progresiva hacia dicho horizonte político y se exige a los connacionales que participen y apoyen tal proceso político.
En virtud de los procesos A y C, la construcción nacional equivale a la expansión nacionalista pura y dura; mientras que en virtud del proceso B, la construcción nacional se mide por la identificación individual con el euskera y con el vigor de su extensión en la sociedad.
Con un siglo de historia. El primer indicador, o el más evidente, de los resultados inmediatos de ese triple proceso es la identificación de las gentes con tales propuestas, cosa que se puede medir y contar. Por un lado a través de indicadores como el número de miembros del mundo asociativo abertzale o sus apoyos electorales o las ventas de sus publicaciones, etc. Un variopinto mundo asociativo (partidos políticos, sindicatos, organizaciones de mujeres y de jóvenes, entidades culturales o de ocio, económicas y profesionales, deportivas, etc.) que muestra de manera directa o indirecta una vocación abertzale tanto por sus fines específicos como por el espacio únicamente vasco en que se desenvuelven, viene a ser como un termómetro que mide la temperatura abertzale de la sociedad y su penetración en la misma.
Examinando la historia de este siglo se distinguen tres etapas. La primera, netamente expansiva, se concreta en la conquista de un tercio de la sociedad vasca en Guipúzcoa y Vizcaya, ya que en Alava y en Navarra su implantación es bastante menor, y en Iparralde no emergerá el nacionalismo organizado hasta la segunda mitad de este siglo. Culmina con la consecución del estatuto de autonomía en las tres provincias vascongadas y con la efímera instauración de un gobierno vasco en una pequeña parte del territorio durante los años 1936-37, en plena guerra civil.
La segunda, durante la larga noche del franquismo, da lugar a un movimiento de contracción y expansión paradójico. La presión represiva del franquismo, sumada al efecto disolvente de las grandes transformaciones sociales que tienen lugar entonces: un cambio demográfico relacionado con la emigración, la industralización generalizada por casi todo el territorio vasco y la concentración urbana, llevan al mayor retroceso conocido de lo “nacional-vasco” y a su más grave crisis. Sin embargo, la reacción social posterior contra ese retroceso permitirá superar los límites sociológicos de los décadas anteriores en lo que hace a la penetración social de las aspiraciones y reivindicaciones del abertzalismo. Hasta el punto de que en la transición postfranquista, la cultura pública de la sociedad vasca (al menos en el futuro territorio de la CAPV) está ya bajo la hegemonía del mundo abertzale.
En la tercera, que va desde la transición postfranquista a la actualidad, se recogen los frutos, en lo concerniente a la construcción nacional vasca, del impulso dado a la misma desde las nuevas instituciones democráticas autonómicas en el ámbito de la CAPV.
En Iparralde, salvo la primera fase, que es coetánea y perfectamente equiparable, con los Txaho, L´Abaddie, etc., e incluso se puede considerar que es anterior en el tiempo y superior en cuanto a los resultados, todo lo relativo a la construcción nacional(ista) lleva otro ritmo y sigue otros plazos. La segunda fase no se da hasta 1963, con la formación de Enbata. Y hoy, con unos resultados político-electorales todavía exiguos, se puede considerar que apenas ha arrancado ya la fase tercera.
Y con notables resultados. En la actualidad, prácticamente algo más de la mitad de la población en la CAPV, así como una amplia minoría en Navarra y otra minoría notable pero algo más reducida en Iparralde, se identifica con el ideario abertzale de un modo más o menos expreso; una magnitud considerable en este tiempo.
En el ámbito de la CAPV, se ha producido un proceso de nacionalización de signo vasquista y vasquizador. En este ámbito, la sociedad vasca ha cambiado mucho a lo largo del siglo, y sobre todo durante los últimos treinta años, a causa de la presión que sobre ella ha ejercido el movimiento abertzale. Así, ha aceptado en buena medida su argumento central sobre la singularidad política vasca, esto es, que se trata de un pueblo que debe tener un fuerte autogobierno por ser una sociedad diferente, una nacionalidad que debe proteger y desarrollar el legado singular lingüístico-cultural e histórico-político recibido de los mayores.
Se puede decir que es la sociedad vasca en su conjunto, en el ámbito de la CAPV, la que ha asumido como cosa propia lo que hasta hace algunas décadas no eran sino demandas estrictamente restringidas al mundo abertzale. Hoy día, a diferencia de en los años de la IIª República, la idea misma de pertenecer a una nacionalidad y la identificación con el autogobierno, el apoyo a la normalización del euskera y al alumbramiento de un horizonte futuro de bilingüismo para las siguientes generaciones, la ikurriña y otros emblemas, etc., son cosa de hecho de toda la sociedad.
Como resultado de esto ha mejorado indudablemente la integración y cohesión de la sociedad vasca; mejora que ha sido constante, y casi lineal, sin apenas altibajos, en los últimos treinta años. El punto en que se encuentra hoy, un siglo después de iniciar su andadura el movimiento abertzale, no tiene nada que ver con la situación de toda la primera mitad de este siglo
De otra parte, más allá del exiguo apoyo que obtuviera la constitución española en el referéndum de 1978 o de la propia existencia de ETA como expresión de la más radical forma de deslegitimación del estado español que pueda darse, lo más relevante es que ésta sea un dato básico de la realidad vasca en la actualidad. La deslegitimación del estado se muestra en ese amplio sector de la población leal a los partidos abertzales y receptivo a los mensajes de desconfianza en el sistema político español basados en el argumento de que no ha satisfecho las aspiraciones democráticas de los vascos y de que ya es hora de superar los límites impuestos al autogobierno vasco en la transición postfranquista. No ha de olvidarse a este respecto que la deslegitimación del estado español en la sociedad vasca es un problema persistente en los dos últimos siglos: desde que el estado español pretende dotarse de una constitución liberal moderna, aunque los motivos integristas y anti-liberales de otros tiempos tienen poco que ver con las razones actuales de la misma.
Dos procesos nacionales contrapuestos. Ese triple proceso de identificación nacional vasca (ver punto 4) choca desde sus primeros pasos con otro proceso de construcción nacional, de la nación española, que las distintas corrientes del liberalismo español intentan llevar a cabo desde comienzos del XIX. Un proceso, el español, asentado en una integración de las élites peninsulares, entre las que se encuentran las propias élites vascas, que se inicia en los tiempos bajo-medievales, se refuerza con los Reyes Católicos y en la España imperial de los Austrias: cuando es una “tierra de oportunidades, y se consolida en el primer siglo borbónico.
Entre estos dos procesos contrapuestos de identificación nacional, el vasco y el español, se libra una pugna por la hegemonía de la cultura pública que legitima la comunidad política y que establece cuáles son las obligaciones comunitarias de sus miembros. Habida cuenta que el grueso del siglo XX ha transcurrido en circunstancias políticas poco edificantes, el proceso de construcción nacional no es fruto de un debate público, propio de las democracias deliberativas, en el que se define la empresa nacional común, sino que va saliendo adelante a trancas y a barrancas y en otro contexto muy distinto: como fruto de una enconada lucha política por la hegemonía de la sociedad entre dos visiones antagónicas, ambas mutuamente excluyentes.
Esta pugna toma la forma en cuanto a sus sujetos o bien de una lucha interior entre las propias élites vascas o bien con un ente exterior al pueblo vasco, el estado español centralista; doble aspecto que también se da en cuanto a sus contenidos. El meollo del mismo, tal y como se ha planteado históricamente, se centra en la siguiente cuestión: la implicación de los vascos en la construcción de un estado español moderno que le “desvasquiza” y “desnacionaliza”, cosa que para unos es un tributo sin más de la modernidad y que otros consideran un precio excesivo y que no compensa las ventajas que supuestamente reporta.
Los resultados de esa pugna se miden de dos formas. En los protagonistas más comprometidos de la misma predomina una cuenta excluyente, que mide sus propios avances y los retrocesos netos del contrario, de modo que no concibe lo uno sin lo otro, como en una suma cero. Así, la emergencia de un nacionalismo vasco alternativo y sus éxitos (relativos) en el primer tercio del siglo es la prueba del fracaso de la construcción nacional española en el territorio vasco. O, dando vuelta a la frase, esos mismos resultados, en la medida en que esa época no penetran más que en un tercio de la población en Vizcaya y en Guipúzcoa y todavía quedan lejos de esa cota en Alava y en Navarra, son también una prueba del relativo fracaso de la construcción vasca y del éxito relativo de la española. Pero, más allá de estas lógicas subjetivas, tal vez tenga que haber una medida de las cosas menos excluyente y más compleja, más atenta a la recíproca influencia entre ambos procesos de integración –nacional-español y nacional-vasco– a lo largo del siglo.
Fuertes cambios políticos y sociales. La transición postfranquista instauró una democracia que no satisfizo una doble demanda muy arraigada en una parte notable de la sociedad vasca. De un lado, en la medida en que trasladó al texto constitucional del 78 una versión reaccionaria de la definición de España y desechó otras menos insatisfactorias que podía haber escogido. De otra parte, se quedó corta en lo concerniente al cambio de ordenamiento territorial y al cuánto de las competencias, pese a que facilitara una seria revisión de la tradición centralista. La insatisfacción de la población vasca por lo uno y lo otro se tradujo en un apoyo expreso muy minoritario al SI a la Constitución en el referéndum de 1978.
Sin negar esta doble tara inicial del nuevo sistema político democrático, que subsiste hoy día y le sigue marcando con una deficiente legitimación, hay que introducir algunos matices debidos al curso del tiempo, más de veinte años después de aquellos hechos.
Hoy día, esos dos problemas enunciados no operan de la misma forma que entonces ni producen los mismos efectos. Es más, desde hace unos años se observa en la sociedad vasca una tendencia a atemperarse la deslegitimación del estado español, fundada sobre todo en una percepción de las gentes sobre lo que ha cambiado realmente la situación de todo el país, incluido el estado, de manera que se apoya en hechos y en percepciones. Hechos, como el mero alejamiento temporal del franquismo o el paso del PSOE por el gobierno español o la evidencia del considerable poder autonómico vasco y navarro. Y percepciones, sea sobre el estado, que ya no parece tan sometido al intervencionismo del poder militar, sea sobre el cambio de situación para la cosa vasca, que disponemos ya de los medios básicos para preservar y desarrollar la singularidad lingüístico-cultural vasca y que eso depende en muy buena medida ya no tanto de necesitar más poder sino de emplear bien el que ya está en nuestras manos.
Lo que ha ocurrido en suma en estos últimos quince años es que se ha asentado de hecho una democracia parlamentaria y autonomista, que la mayoría de la población vasca legitima cada día al menos de un modo indirecto: en la medida en que cada vez se impregna más de sus reglas y en tanto que no la cuestiona expresamente. De modo que la democracia vigente es una circunstancia cada vez más determinante de la sociedad vasca y, en consecuencia, de cualquier proyecto de construcción nacional.
En primer lugar, porque de su mano (y de la integración en la UE) se han impuesto en nuestra sociedad los valores político-liberales del mundo occidental: estado de derecho, pluralidad ideológica, libertad de mercado, legitimación democrática del poder político: en las urnas, la posible alternancia en el poder y su corolario inevitable de presión a favor de la relativa moderación de todas ellas... El éxito social de estos valores coloca al mundo abertzale ante la exigencia ineludible de tener que legitimar todas sus propuestas en las urnas y, en el fondo, de tener que supeditar la lógica nacional a los principios del estado de derecho. En segundo lugar, porque, amén de hacer aflorar una realidad como la diversidad de opiniones que hay en nuestra sociedad sobre aspectos sustanciales de la misma (la identidad colectiva, los sentimientos y lealtades nacionales, todo lo que afecta a la vinculación del país vasco con el estado español y una comunidad española, etc.), la democracia vigente legitima el valor político y moral de tales opiniones e impone el reconocimiento y respeto de las mismas por tratarse de cosas muy vinculadas a la dignidad de las personas, su igualdad ante la ley y sus derechos fundamentales.
De otra parte, ha de tenerse en cuenta que, tras veinte años de funcionamiento, la democracia parlamentaria y autonomista vigente está modificando la sustancia de viejos problemas. Uno de los cambios más notables a este respecto es el relativo al valor del euskera en la población de la CAPV, tras el esfuerzo de normalización llevado a cabo desde las propias instituciones en los últimos quince años de política. En las nuevas circunstancias, está creciendo una forma más pragmática de valoración de la lengua y, por tanto, de la aproximación a la misma, a la vez la defensa del euskera pierde épica y dramatismo inevitablemente. Cosa que también ocurre con otros asuntos.
No se puede pasar por alto que la construcción nacional se desarrolla ahora, al menos en la CAPV, con el viento a favor y bajo la hegemonía abertzale. Si bien esa situación no se da en otros territorios, no ha de olvidarse que el nacionalismo vasco ha pasado, en la CAPV, de un papel de perseguido o de perdedor a ser un reconocido e indiscutido protagonista de la escena política y a tener en su mano múltiples resortes de poder tanto por su presencia dominante en las instituciones, en ese ámbito, como por representar una porción de la sociedad vasca muy numerosa y pujante en otros planos.
Diversidad de identidades. Deficiente identificación de una parte de la población con la idea nacional vasca del mundo abertzale.
El mundo de identidades y lealtades está escindido. Todas las claves principales de la identidad colectiva y de la cultura pública se dan duplicadas. Los mitos y los referentes históricos, los líderazgos de toda clase, los circuitos culturales, casi todo está duplicado en la vida vasca. Un buen trozo de la sociedad no comparte la primera premisa (4A), ya que declara un sentimiento nacional español (o vasco-español). Tampoco comparte la segunda (4B), no separa lo vasco de lo español (y francés), sino que se reconoce de un patrimonio cultural de varias ramas, unas expresadas en castellano (o en francés) otras vinculadas al euskera, ambas interrelacionadas en nuestra historia. Ni se identifica con la tercera (4C), salvo a través de un autogobierno compatible con el estado español, cuya permanencia legitima expresamente, y ambos dentro de la UE.
Hay dos manifestaciones claves en la actualidad de esta división y, a su vez, de la pluralidad vasca: a) la que afecta a la identidad colectiva de la población, b) el muy diferente grado de identificación abertzale entre los distintos territorios. En lo que hace a la identidad colectiva, la sociedad vasca está dividida en dos mitades, casi a tajo. Una, tiene como referente a líderes que no se consideran españoles, sentimiento arraigado en una parte numerosa de la población: un tercio según las encuestas. Mientras que en la otra, algo más numerosa según las encuestas, prevalece una identidad vasco-española o bien únicamente española. El indicador más notable de la división entre territorios es el diferente sistema de partidos e instituciones que hay entre ellos, fruto del libre juego democrático. Son los ciudadanos de Iparralde o de Navarra los que depositan su voto mayoritario a partidos no abertzales, elección tras elección.
Esta doble división se manifiesta sobre todo, además de en el terreno difuso de las identidades, en la lógica interna de los discursos políticos, campo en el que chocan abiertamente dos mundos distintos. Por un lado, hay una lógica pro-estatal, apoyada en la cultura española dominante y en la propia tradición histórica vasca de un buen montón de siglos, que concibe un todo: España (y más allá del Pirineo, por lo mismo, Francia), del que lo vasco forma parte. Y, de otro, está la lógica nacionalista o abertzale hegemónica en la CAPV, basada en el diferente sustrato étnico vasco y en la historia más dramática reciente, que reivindica un país diferente –con su lengua propia y una personalidad política que exige el mayor grado de soberanía posible en estos tiempos– y hace gala de contar con una mayoría política y social insatisfecha.
Se trata, además de una división persistentemente estable, esto es, que se mantiene tal cual, sin apenas variaciones, sin crecer ni menguar, en las dos últimas décadas.
A tenor de esta separación y confrontación se plantean algunas preguntas acerca de si se extiende más allá de las identidades y de los discursos políticos. ¿Estamos ante un hecho profundo y perdurable de inercias casi impermeables de tan resistentes al cambio de identidad o bien estamos ante un fenómeno más bien coyuntural y epidérmico?
Quienes niegan rotundamente la existencia de dos comunidades deben dar más y mejores explicaciones sobre la división mencionada que adjudicársela a la alienación de muchas gentes por la obra del estado durante los dos últimos siglos o de los medios de comunicación. Mientras que quienes exageran tanto la división existente deben dar más y mejores explicaciones de la estabilidad social vasca existente, esto es, de que no haya un grave enfrentamiento civil entre ambos mundos.
Algunas respuestas habituales esgrimen explicaciones o interpretaciones de tal hecho, que abundan en ciertas claves difícilmente mensurables y en todo caso discutibles, como el poderoso peso de unos medios de comunicación “españolistas” “hostiles” en la sociedad vasca o la influencia negativa de ETA en el reciente tiempo pasado. Mientras que otras explicaciones subrayan que este es un fenómeno más profundo, que no puede desligarse de la presencia de la identidad española en una parte de los vascos y de que dicha identidad no es tan delgada y débil como afirma de ella el mundo abertzale.
En cualquier caso, los indicadores disponibles demuestran dos cosas a la vez a este respecto. Una, que hay dos mundos políticos separados y enfrentados entre sí, en efecto; la segunda, que tal división no genera una sociedad permanentemente desgarrada y separada en dos comunidades. Esto último no se da. Y acaso no se produce, porque entremedio de esos dos mundos hay un tercero a su vez que pica de aquí y de allá, es el que modera y equilibra las cosas y quizás sea el más nutrido de los tres. Un indicador de esto último puede ser el segmento de la población que manifiesta una identidad doble, vasco-española, el más numeroso según las encuestas.
Una sociedad plural. El pluralismo de la sociedad es un dato de la realidad vasca que condiciona de forma sustancial todo lo relativo a la construcción nacional.
Cuando se habla aquí de pluralismo, ha de tenerse en cuenta que la sociedad vasca, además de estar marcada por la diversidad: social, política e ideológica, de religión y de moral, de cultura y costumbres, habitual en toda sociedad moderna abierta y compleja, lo está también y en un grado muy notable por otra clase de diversidad que afecta a sus cimientos nacionales. España es una realidad plural en este último sentido, en la medida en que su pretensión nacional es contestada por nacionalismos periféricos alternativos desde hace un siglo. Y Euskal Herria también lo es, si bien de otra forma, a su manera, mucho menos contestada expresamente desde la propia sociedad civil, salvo en Navarra y en lo que afecta al ámbito de la política, pues el vasquismo cultural apenas tiene rechazo en Navarra aunque no sea una bandera propia de buena parte de la población.
El ser un país con una diversidad notable en materia de lengua, cultura, procedencia, identidad colectiva y sentimientos nacionales, no es hoy ya siquiera un rasgo peculiar en el occidente europeo; en las últimas décadas, casi todos los países de esa área ya lo son en tanto que receptores de una emigración multicultural procedente en su mayor parte del tercer mundo. Lo peculiar del caso vasco, y también del catalán a este respecto, es que esta clase de pluralidad se da en un grado muy superior a la media conocida en países occidentales similares al nuestro, como Escocia, Quebec o Flandes o Valonia. La peculiaridad del pluralismo vasco se manifiesta en estos tres hechos: a) que es ya una sociedad mayoritariamente mestiza, b) que está escindida como ya se ha dicho en cuestiones básicas de su identidad colectiva, y c) que alberga un alineamiento político-electoral muy condicionado en el fondo, si bien de forma compleja, por los dos hechos anteriores.
Todos los países modernos tienen el pluralismo (a) y son mestizos en mayor o menor grado. La mayoría de los estados del mundo, que son plurinacionales de hecho, tienen un pluralismo (b) acusado; mientras que en los estados verdaderamente nacionales y en naciones como Quebec, Escocia, Flandes, Valonia y Galicia, la homogeneidad de la población (de origen, lengua materna, tradición cultural, etc.) es bastante elevada, con porcentajes de la misma entre el 75% y el 90%, de modo que el pluralismo (a) apenas recoge al resto: entre el 10% y el 25%. Y, por último, hay situaciones como la de la CAPV, donde los pluralismos (a) y (b) son muy relevantes y a consecuencia de ello hay un acentuado pluralismo (c). Así pues, lo más peculiar de la sociedad vasca, en cuanto a su pluralidad, no son las diferencias existentes que atañen a la identidad colectiva y a los sentimientos y lealtades nacionales, sino el que, en dichas diferencias y a través de ellas, se manifieste una quiebra social en asuntos básicos para la cohesión de la comunidad política que pretende ser. Lo más peculiar es, por tanto, el hecho de que, a resultas de su pluralismo, se dé un patente conflicto interior en cuestiones básicas para la convivencia comunitaria.
Decir que la sociedad vasca está marcada por este tipo particular de pluralismo o de diversidad profunda, es lo mismo que afirmar la existencia de un conflicto permanente entre dos fuerzas que se presionan entre sí: entre las definiciones abertzales sobre el ser y el deber ser de Euskal Herria y las resistencias a compartir todo ese mundo de ideas, sentimientos y aspiraciones del nacionalismo vasco por parte de una sociedad vasca abierta y reacia a las unanimidades.
Acerca de este conflicto se deben tener en cuenta por tanto dos cosas. Por un lado, está lo concerniente a su carácter y a su materia: se trata de un rasgo constitutivo de la sociedad vasca, de los que más condicionan la vida vasca, de los que mejor la definen. Visto esto en negativo, el pluralismo es un señalador permanente, como una luz roja, que disuade al nacionalismo vasco de la tentación de arrogarse la representación de toda la sociedad vasca; la fotografía que dan las urnas de un electorado que vota a partidos del sistema político español, reiterada una y otra vez en las últimas décadas, pone en evidencia la falta de fundamento de dicha pretensión. Mientras que visto en positivo, el pluralismo obliga a buscar acuerdos y a saber conjugar los espacios comunes de entendimiento y los terrenos de afirmación de cada una de las partes.
De otro lado, está lo relativo al resultado de dicho conflicto, cuyo balance neto hasta la fecha es muy fecundo. Puede afirmarse que ha producido a lo largo del siglo y que está produciendo ahora una constante modificación de la propia sociedad y del propio nacionalismo. La sociedad vasca ha cambiado una barbaridad debido a la presión del nacionalismo vasquista. Y éste también ha cambiado bastante, aunque quizás menos por ahora y con menos alcance, ante la presión de la sociedad.
La circunstancia española. Tras un siglo de continuado encontronazo es obvia la existencia de un conflicto entre el nacionalismo vasco y el estado español. Así como no es menos evidente que aquel lo concibe y lo formula de otra forma: como un conflicto entre Euskadi y el estado español (de la misma forma que lo hay con el estado francés, en el caso de Iparralde), conflicto que constituye una de las circunstancias más importantes y decisivas de la construcción nacional vasca. Se trata de la circunstancia externa, española (o francesa).
En cuanto al contenido del aspecto que más nos atañe, en nuestro caso la circunstancia española, ésta abarca dos problemas distintos pero muy interrelacionados. El primero es el problema de la relación o del “encaje” de Euskadi con el estado español. El segundo, algo más amplio, es el problema mismo de España y de su definición (nacional o plurinacional) comunitaria, asunto que se ha resuelto muy insatisfactoriamente para los nacionalismos periféricos desde que está planteado.
La conexión tradicional del abertzalismo con estos dos problemas ha oscilado entre sendas posiciones antagónicas, entre el aislamiento y la implicación comprometida, y una tercera que combina las otras dos con altas dosis de ambigüedad.
Pero más allá de la posición que adopte el mundo abertzale, está el hecho imponderable de una realidad estatal (española o francesa) que condiciona de forma sustancial todo lo relativo a la construcción nacional, desde el marco legal en que se desarrolla ésta en la actualidad. Tanto más, si consta el dato, como nos consta en efecto, de que una parte importante de la población se siente cómoda en el estado español, más o menos tal cual es hoy día, y no le exige grandes cambios. Y tanto más si se sabe, como sabemos, que una parte mayoritaria de la población entiende que la realidad estatal es manifiestamente mejorable en el sentido de dar más y mejor satisfacción a las demandas y aspiraciones de autogobierno.
Ha tenerse en cuenta por tanto, que la necesidad de considerar seriamente estos asuntos (el encaje de Euskadi y la cuestión de España) surge de la propia sociedad vasca, o al menos de una parte de ella. De manera que lo que el mundo abertzale considera una cuestión exterior, no se contempla de la misma forma por aquella parte de la sociedad vasca que considera esos asuntos como propios también de los vascos. No se debe olvidar, en fin, que la división interior-exterior, a este respecto, es tan relativa y subjetiva que depende de un sentimiento o de una mirada.
Dicho de otra forma, cabe concluir, en resumen, que la circunstancia española de la construcción nacional vasca (y la francesa en el caso de Iparralde, por la misma razón) tiene una doble dimensión: externa e interna, pese a la insistencia abertzale en reducirla a un asunto exterior. Doble aspecto que se reproduce asimismo en todo lo relativo al “contencioso” vasco.
Por parte del nacionalismo, hay un tratamiento inestable, confuso y escaso de la dimensión interna del “contencioso vasco”, entendido en este caso como un problema de los vascos y entre los vascos ya que se encuentran divididos en cuestiones decisivas para su convivencia. EA apenas lo menciona. EH o bien reniega de que sea un problema interno de los vascos o bien lo falsea si lo menciona. Mientras que el PNV oscila entre momentos en que lo enuncia sin rubor, como el plan Ardanza o la declaración de 1997 sobre la paz o el mensaje del Arriaga diez años antes, y aquellos otros en los que parece no reconocer más problema vasco que el originado por la “bota de Madrid”. En el clima actual, posterior a la tregua, es incluso de “mal gusto” el sacarlo a colación, hasta el punto de que es como mentar la soga en casa del ahorcado o una muestra de querer ponerle trabas al “proceso” (sic). No es casual que ahora estén señalados con el dedo, estigmatizados como una vergüenza para el abertzalismo, los que ponen este asunto y sus consecuencias en el centro de los análisis y propuestas nacionalistas.
Incluso cuando se reconoce, se rebaja esta dimensión interior. Por ejemplo cuando se menciona un conflicto exterior que desemboca en una negociación entre las partes y en la necesidad de un acuerdo consensuado; mientras que el conflicto interior se resuelve mediante un proceso de persuasión y de integración. En esta visión subyace la idea de que la identidad española es débil en las gentes vascas que no se sienten abertzales. Lo cual es más un deseo que un diagnóstico fundamentado en datos.
La Unión Europea se presenta como una nueva circunstancia externa que altera las cosas y condiciona de forma cada vez más determinante la vida de todos los países involucrados. Aun en su versión actual, bajo hegemonía de los estados, abre un nuevo espacio político, pone en marcha un nuevo sujeto político y ya está produciendo nuevos problemas. Y en un futuro próximo, generará sin duda un nuevo campo de posibilidades, de conflictos y relaciones.
La UE modifica profundamente el poder actual de los estados, en particular la soberanía estatal, cuya interpretación radical tradicional –de poder no compartido, incondicionado y absoluto– está ya desautorizada por la marcha de las cosas. A consecuencia de este cambio, el desarrollo de la UE también afecta a todos los demás poderes existentes, intermedios y locales, y obliga a revisar las reivindicaciones nacionalistas tradicionales más ancladas en conceptos decimonónicos. Entre otras cosas, por ejemplo, cambia el sentido de la independencia, ahora con una imagen menos separatista y egoísta, como otra forma de estar en la Unión Europea; pero a la vez, en otro sentido, presiona a favor de soluciones no rupturistas de los actuales estados socios de la UE.
La UE obliga al imperativo absoluto de acogerse al mundo de valores predominante en su ámbito; quien no lo haga se queda a la intemperie, extramuros. Pero ese cuadro de valores refuerza la verosimilitud y credibilidad del proyecto nacionalista a largo plazo allí donde se dé la posibilidad de llevar adelante un proyecto nacionalista compatible con los valores liberales y de que sea refrendado por la regla democrática mayoritaria, dos circunstancias que valen para nuestro caso. De modo que allí donde se den tales condiciones, la Unión Europea no podrá paralizar un proceso de autodeterminación que cumpla todos los requisitos democráticos, ni mucho menos negarlo.
La UE, a través del desarrollo de una región transfronteriza de los territorios vascos para concertar su acción en las cuestiones comunes que consideren oportuno, facilita nuevas posibilidades y tal vez abra nuevas salidas al “contencioso” vasco. Puede decirse que esto último es acaso lo más importante, en la medida en que el desarrollo de la Unión Europea en lo referente a este tipo de cuestiones nacionales pendientes es un mundo inexplorado y que permite un campo de creatividad política.
Fin de un ciclo. Desde el anuncio de la tregua la construcción nacional se está llevando a cabo en el contexto de un doble y contrapuesto movimiento de fondo.
La retirada de la escena política por parte de ETA y el proceso consiguiente de integración del MLNV en el sistema político son las dos caras de un mismo movimiento de mitigar o reducir la radicalidad (en comparación con sus planteamientos anteriores).
Pero en sentido contrario, estamos asistiendo asimismo a un movimiento de aumentar la radicalidad por parte de todas las demás fuerzas del campo abertzale, en particular de ELA y PNV. Este movimiento en el mundo abertzale ajeno a ETA es algo que precedió a la tregua, haciéndola posible en buena medida, y adoptó la forma de una opción política de meter en un mismo lote y de vincular entre sí estos cuatro asuntos: la paz, la hegemonía abertzale en las instituciones, la construcción nacional y la resolución del “contencioso” vasco. Para mayor precisión, no tiene que ver con ningún cambio en cuanto a las metas finales del abertzalismo, que siguen siendo las mismas, sino con un giro político autoconsiderado soberanista que da por agotado el estatuto de autonomía, plantea la demanda de un nuevo marco jurídico y apuesta por arropar el apartamiento de ETA de la escena política y la integración del MLNV en la vida institucional.
Es difícil prever en qué sentido y con qué consecuencias van a condicionar estos dos movimientos contrapuestos las tareas de la construcción nacional. La apuesta por una imagen abertzale más radical puede ser una palanca para pretender llegar antes y llegar más lejos en los próximos años. Pero también puede ser, paradójicamente, un mero instrumento retórico para encubrir el hecho de que no se pueda ir tan lejos ni tan pronto.
En lo que hace a esta apuesta, resulta difícil de separar lo que haya de interés táctico e instrumental, de cálculo a corto plazo en relación con el “proceso de pacificación”, de lo que afecta a la construcción nacional, un terreno del largo plazo esencialmente. En todo caso, parece que la respalda una suma de motivos: insatisfacciones y decepciones, inquietudes y preocupaciones estratégicas, apetitos de más poder e intereses coyunturales, humanos resentimientos... e incluso algunas dosis de miradas estrechas y autistas.
Más en concreto, hay tres argumentos convincentes de esta apuesta por un discurso más radical. Parece que responde, primero, a una acumulación de insatisfacciones de diverso tipo en el mundo abertzale durante el último tiempo: la marcha del estatuto, el estancamiento y retroceso electoral, la precariedad del euskera y la cultura euskaldun, la separación de Navarra, la muy deficiente participación en las cuestiones europeas... Tiene mucho que ver, de otra parte, con la necesidad de dejar más abierto el horizonte de futuro abertzale, que quedaría debilitado si tuviera como techo “final” el actual marco estatutario. Limitarse a ese techo es un imposible, habida cuenta la tradición doctrinal de considerar el estatuto una estación de paso, amén de suicida; tanto más si se considera que la UE abre nuevas posibilidades aunque sea a largo plazo. Por último, ha de tenerse en cuenta que responde asimismo a un sentido instintivo de la oportunidad del mundo abertzale, que le exige pegar un tirón en este momento para facilitar el aterrizaje de ETA e intentar un avance sustancial a la construcción nacional. Quien conozca un poco la historia del nacionalismo vasco, habrá observado que el hecho de “pegar tirones” es una constante histórica que se repite una y otra vez, como expresión de su permanente inconformismo, siempre que las circunstancias lo permiten. Pues bien, el momento actual lo permite, en efecto, cuando la principal y única expectativa de cambio está vinculada, y esto se sabe en el fondo desde hace años, a la compensación o “incentivo” que la sociedad está dispuesta a pagar a cuenta del abandono definitivo de ETA.
Dentro de un tiempo, en los pocos años en que tarde en arreglarse el asunto de los presos y se acabe el ciclo de ETA, vamos a encontrarnos en una situación absolutamente inédita, como es el hecho de que la construcción nacional vasca se tenga que desarrollar sin los motores que la han impulsado y mantenido desde hace casi sesenta años. Vamos a encontrarnos, en suma, sin el antifranquismo, como motor de un impulso reactivo que dio un giro copernicano a la situación nacional. Y sin ETA, como expresión más acabada y radical de ese impulso reactivo, cuya epopeya (su épica y su tragedia) ha permitido prolongar el impulso antifranquista hasta este momento, un cuarto de siglo después de la muerte del dictador Franco. Prácticamente todos los conceptos y valores que hemos manejado en lo relativo a la construcción nacional en estos veinte años han nacido de ese impulso. Hoy, aunque pervive en la memoria de muchos, ya está agotado si se mira al futuro. Éste va a requerir otro impulso, otros valores y conceptos.
La unidad abertzale. Tras el anuncio de la tregua por parte de ETA en septiembre de 1998, se ha puesto en marcha un instrumento nuevo y de gran alcance político y social: la conjunción de todo el mundo abertzale en las cuestiones básicas de la construcción nacional, asunto en cuya necesidad coinciden hoy día todas las fuerzas abertzales, tanto las políticas como las sindicales. Toda su fuerza potencial descansa en la conjunción de las dos corrientes abertzales que hasta ahora han marchado por separado, conjunción que a su vez es inseparable de la realización satisfactoria de una condición sine qua non: que ETA deje la escena política y que se normalice la integración del MLNV en la vida política.
La suma de la fuerza abertzale en las instituciones da la medida de lo que realmente se es, de lo que se representa democráticamente. En ese sentido, es el indicador o la medida más manejable de su legitimación democrática y popular. Por lo mismo, se presenta como un requisito imprescindible para hacer creíble la verosimilitud de un proyecto abertzale de construcción nacional. Lo que se está ensayando hoy día mediante la suma de la fuerza institucional abertzale, prefigura un camino imprescindible si se quiere ir más lejos de lo conseguido y para consolidar lo cosechado hasta ahora.
El mero enunciado de esta posibilidad ha dado un sesgo completo a la crisis de sentido que se daba en todo el movimiento abertzale desde hace unos años. Esa crisis tenía que ver, entre otras cosas, con la evidencia de un estancamiento y retroceso en lo electoral, constante desde el 89, y, de otro lado, con una percepción demasiado borrosa y alejada de las “metas finales”, cuya viabilidad se antojaba un imposible, vista desde un presente en que se tenía la sensación de ir para atrás en lugar de avanzar. Hoy día, si bien no se ha esclarecido aún si las metas tradicionales son o no las más idóneas, reina el optimismo sobre la posibilidad de hacer camino al andar. El recurso de la mayoría abertzale en las instituciones deja más abierto el horizonte de futuro, aunque sólo sea en la CAPV de momento, y ensancha asimismo sus posibilidades de acción inmediata.
Retos, problemas y dilemas
La penetración del discurso abertzale en el mundo vasco no abertzale es necesaria para lograr una mayoría amplia y estable, que asegure la viabilidad democrática de sus proyectos políticos. Así, es patente que la posibilidad de superar la exclusión de Navarra e Iparralde de un ámbito político común vasco o la precariedad en que se encuentra allí todo lo relativo a la construcción nacional vasca está directamente vinculada a la fuerza político-electoral de quienes se identifican con tales asuntos y aspiran a lograrlos. Esos objetivos difícilmente se podrán alcanzar si la expresión político-electoral abertzale sigue siendo minoritaria como lo es hoy en tales territorios.
En dicha penetración social, que se viene produciendo de forma constante a lo largo del siglo, como ya se ha dicho, se puede distinguir varias etapas. En la primera, que llega hasta la IIª República, el nacionalismo vasco consigue abrirse un espacio propio, una tercera vía frente a las derechas y a las izquierdas tradicionales, pero muy desigual en su distribución territorial: en Vizcaya y en Guipúzcoa está en condiciones de disputar la hegemonía política a sus competidores, mientras que en Navarra y en Alava se queda a mucha distancia del bloque de derechas hegemónico. En la segunda, que abarca hasta la salida del franquismo, se fragua el gran salto o la gran expansión que convierte al nacionalismo vasco en una opción de mayorías en el ámbito de la CAPV (y de una minoría considerable en Navarra). Lo más relevante de la tercera etapa, en la que aún estamos, es la configuración de la frontera entre el mundo abertzale y el que no se siente tal; una frontera bastante estable: ya no hay avances ni retrocesos significativos.
La interpretación de estos resultados cosechados a lo largo del siglo permite extraer conclusiones contrapuestas, en las cuales se apoyan las dos hipótesis principales de trabajo. Una avala la esperanza de que el nacionalismo vasco acabará conquistando una amplia mayoría, de modo que considera razonable trazarse un horizonte de integración de la población por asimilación al abertzalismo. En la otra se subraya la idea de una transformación recíproca; se reconoce que se ha producido una notable contaminación abertzale de la sociedad, en efecto, pero se entiende que tal cosa es la otra cara de una modificación no menos notable de las pretensiones abertzales iniciales, las cuales se han suavizado y se han hecho más asequibles al mundo de referencias y sentimientos de las gentes vascas que no comparten el imaginario abertzale.
En estas dos hipótesis se configura, por tanto, un horizonte de futuro bien diferente. A tenor de la primera de ellas, el horizonte de integración por asimilación es factible y lógico, como ocurre en cualquier país receptor de emigrantes, tan sólo es cosa de tiempo y de persistencia. Mientras que a tenor de la segunda hipótesis, se intenta plantear las cosas de otra manera, no de forma unilateral sino en doble dirección: de ida y vuelta, como un diálogo entre gentes que piensan y sienten de forma distinta.
En todo caso, queda en pie la interrogante sobre la lección de la historia de este siglo. ¿Es viable la oferta abertzale que implica identificarse con una identidad comunitaria densa, repleta de mandamientos públicos y privados para hacer una nación, reconocida como tal, euskaldun, con un territorio: toda Euskal Herria, una identidad propia: ni española ni francesa, y con la máxima soberanía que pueda darse dentro de la UE...? ¿Puede prosperar realmente tal oferta en este tiempo y en una sociedad como la vasca, sin revisar y modificar sus metas, sin tener que dulcificarse de algún modo?
Sea como fuere, hay un dilema inevitable a este respecto, que se puede formular como el dilema de la extensión y la intensidad, dos magnitudes que van en direcciones contrarias ineludiblemente: a más extensión menos intensidad y viceversa, aplicado en este caso a todo lo relativo al mundo abertzale, desde sus ideas centrales a sus demandas políticas.
Detrás de ese dilema está lo que puede llamarse el dilema del sujeto abertzale: “la realización del proyecto abertzale exige un sujeto político ampliamente mayoritario que apoye su programa autodeterminativo, pero los sectores no nacionalistas de la población vasca no han mostrado hasta la fecha que puedan ser incluidos dentro de ese sujeto, de momento no sienten que les diga demasiado esos temas que son cosas de nacionalistas; de manera que la meta propuesta impide construir un sujeto político que desborde el campo sociológico abertzale”.
A este respecto, cabe preguntarse, en fin, si la penetración social del discurso abertzale no se ve perjudicada por un proceso deliberativo de la cultura pública tan deficiente como el que se está dando en estos últimos años. En la actualidad, no hay tal proceso deliberativo en realidad. Por parte del bando pro-estatal, todo queda en querer encajar al mundo abertzale en el traje constitucional, a sabiendas de que ese traje ha sido estrecho siempre, desde que se elaboró y refrendó en 1978. Pero por parte abertzale, tampoco se delibera con quienes se sienten españoles o vasco-españoles, a los que se descalifica y desconsidera de maneras no tan ruidosas pero no menos burdas en el fondo. Los no identificados con el abertzalismo existen como sujetos de obligaciones o como sujetos de la extensión futura de la conciencia nacional, pero están ninguneados como gentes que puedan debatir acerca de la identidad colectiva vasca o como sujetos de derechos en ese campo de la identidad, los símbolos, etc.
¿Conviene esta situación al mundo abertzale? La respuesta depende de la mirada que se tenga. No le va mal, en un sentido estrecho, mantener tal cual el estado actual de las cosas para el asunto, nada baladí, de conservarse en el poder. Pero va de suyo que habrá de tomarse la superación de tales deficiencias si pretende mayores transformaciones en cuanto a la cohesión comunitaria de la sociedad vasca. Llevar al diálogo a un bloque que no lo busca, pese a que va de víctima, y que se siente satisfecho con mantener el statu quo y generar la desconfianza de las gentes en el nacionalismo, es una de las asignaturas pendientes. E, igualmente, llevar al verdadero terreno del diálogo a un bloque abertzale que también se viste de víctima y confunde el diálogo con el expediente de que el otro se sume a sus puntos de vista, es otra asignatura pendiente.
En todo esto del discurso, es importante para el nacionalismo vasco distinguir la parte del todo, sin confundirse ni crear confusión sobre lo uno y lo otro. Cada vez que se confunden y se toma la parte por el todo, cosa habitual en el discurso políticamente correcto (como cuando se maneja un sujeto de derechos y reivindicaciones, el pueblo vasco, unívoco y sin fisuras), se añade un nuevo problema a los muchos que ya hay sobre la mesa. Mientras que, por el contrario, cada vez que el nacionalismo vasco se presenta como parte, con todas las de la ley pero sin confundir las cosas, se gana la imagen de enunciar problema reales, aunque sean de una parte, y de aportar soluciones.
Hacia la tercera fundación. Si se mira la historia con detalle, se observa que el nacionalismo vasco ha llegado hasta la actualidad gracias al impulso que recibe en dos momentos “fundacionales”, caracterizados ambos por la buena conjunción de muchos y potentes ingredientes, por contar a su favor con motores de largo alcance que permitieron dar un gran impulso a la causa abertzale, por la adecuación de la oferta y de la demanda en definitiva.
El primero es el de Sabino Arana. Su motor es la épica y la ética de los pioneros dispuestos a extender el mensaje del maestro –id y multiplicáos– difundiendo la buena nueva del renacimiento de una nación; cosa que es posible gracias a unas circunstancias como la crisis de la sociedad vasca y de todo su sistema tradicional de autoridad por el impacto de la modernidad a fines del siglo pasado. Este impulso llega a su cénit en la IIª República, momento en que se remoza y renueva. Pero luego se agota y no es capaz de ofrecer un modelo atrayente de resistencia a las nuevas generaciones, más allá de sobrevivir en el silencio, en otra época muy distinta, cuando cambian las circunstancias.
El segundo impulso lo da ETA, la expresión más radical de una rebeldía generacional que siente la necesidad de renovarse y de adaptar la acción del movimiento abertzale a la situación: bajo una dictadura franquista hostil al nacionalismo vasco. Esta segunda fundación recibió en sus comienzos el impulso de potentes motores: el resentimiento de los perdedores de la guerra, la recuperación del orgullo de un pueblo, la lamentable situación del euskera, la dura represión de todos los elementos de identificación abertzale, la ética y la épica de un compromiso individual fuerte para una situación percibida como dramática... Y luego, al final de los años setenta, se nutrió de tres potentes sentimientos. Por un lado, la gran frustración que produce la salida pactada con el franquismo en la transición. De otro, de la incertidumbre y el desasosiego ante una crisis industrial que golpea muy duramente a miles de familias y ensombrece el futuro. Finalmente, la distancia hipercrítica hacia un estado percibido como escasamente democrático, comprometido en la guerra sucia contra ETA, y alejado de la mayoría en cuestiones (como Lemoiz y la entrada en la OTAN) muy sentidas.
Hoy día predomina un sentimiento generalizado de que nos encontramos en el filo de un cambio de época, de que se ha acabado un largo ciclo y de que ha empezado ya otro que no se sabe cuánto durará. Nadie objeta este hecho. A lo más, se discute la sustancia del cambio, las circunstancias determinantes, los retos que se deducen de todo ello.
¿Qué motores van a impulsar la causa del nacionalismo vasco en la nueva época? La inercia empuja a mantener los viejos del antifranquismo remozados, pero esto tiene el inconveniente de recrear una situación nacional dramática que ya no se da. Por otra parte, se está viviendo un momento de transición, confuso, como casi todos lo son, y tanto más cuando lo nuevo se expresa a través del lenguaje de lo viejo y a su amparo para no quedarse marginado antes de nacer. De todas formas, es un momento en el que han aparecido nuevas cosas, al calor de un motivo central: facilitar una salida a ETA y favorecer la integración del MLNV en el juego político democrático. Hay que reseñar en particular la novedad de un recurso desconocido hasta la fecha: la posibilidad de sumar la fuerza abertzale en las instituciones, especialmente allí donde arroja un saldo mayoritario, recurso cuya efectividad está aún por explorar.
Está por ver cuáles son los motores que tiran del carro abertzale, si tendrán la potencia suficiente para sustituir a los anteriores y si serán de largo alcance. En lo que más le empuja, de momento, parece alimentado sobre todo por dos. Uno, la necesidad de acabar bien el fin de un ciclo, el de ETA, sin salir perdiendo, dicho de otra forma. Otro, el interés de la nueva élite (política, sindical, cultural, económica) constituida al amparo del poder institucional de autogobierno en mantenerse como tal, para lo cual necesita conservar la hegemonía abertzale y desarrollarla en nuevos campos incluso. La adecuación al marco europeo podría ser un nuevo y poderoso motor, pero también puede quedarse, sin una expectativa razonable de resultados, en un simple complemento del anterior. Otro tanto cabe decir de la alianza con los nacionalismos periféricos para efectuar una presión común en torno a la necesidad de una nueva definición, plurinacional, de España.
Un nacionalismo vasco creativo. En cualquier caso, tanto por la presión de las circunstancias del momento como de las más intemporales, la creatividad debe ser un rasgo fundamental de la tarea refundadora.
Se echa en falta un nacionalismo más creativo en su proyección “interior”, que proponga un “nosotros” acogedor, adecuado a una sociedad vasca que es plural en cuanto a sus orígenes, sentimientos de pertenencia e identidad nacional. Y más creativo también en su proyección “exterior”, hacia fuera, en la renovación de las metas, los caminos y las estrategias, para adecuarlo a los cambios y circunstancias de una época muy distinta tanto de la que condicionó su fundación hace ya más de un siglo como de las décadas del franquismo. Ambas cosas le exigen llevar a cabo un gran esfuerzo renovador de sus objetivos, de sus intenciones y argumentos, así como un esfuerzo revisionista de su propia trayectoria a lo largo de este siglo, de su narrativa de la historia vasca. Todo ello para construir una sociedad vasca cabalmente adecuada a lo que contiene en su interior.
En lo interno. Un nacionalismo caracterizado por ser acogedor, inclusivo, integrador. Combinar y conjugar lo étnico y lo cívico. Garantizar los derechos fundamentales de toda la población. Defender la etno-identidad singular vasca heredada, pero a la vez crear una identidad más compleja e incluyente, con vocación de integrar otras identidades nacionales existentes en el pueblo vasco. Regular los conflictos derivados del pluralismo, a partir del reconocimiento de lo que hay: identidades únicas e identidades compartidas o duales, identidades fuertes y débiles, sentido comunitario denso y mínimo, cuya combinación es muy diversa según sectores. Abrir caminos al zazpiak bat adecuados al imperativo de sumar realidades sociológicas y políticas consolidadas (CAPV+Navarra+Iparralde) que no se prestan a operaciones de ingeniería.
En lo externo, situar la exigencia nacional en una doble clave. Por un lado, de una oferta de diálogo a la sociedad española sobre la necesidad de compartir un estado común realmente acogedor de la realidad plurinacional existente. Por otro, de compartir asimismo la necesidad de situar lo anterior, a su vez, en el esfuerzo por crear una unidad europea no monopolizada por los estados actuales y realmente abierta a la participación de los pueblos.
Debe liderar el esfuerzo por dotar a la sociedad vasca de las bases de una cultura pública común, colectiva. Lo cual le exige, sobre todo, disponer de un proyecto doblemente integrador: abierto a incluir lo “propio” y abierto a incorporar lo del “otro”. Y le exige, asimismo, centrar la deliberación de la cultura pública a fin de que se puedan esclarecer los objetivos colectivos que asume como tales la sociedad vasca.
A este respecto distinguimos, en primer lugar, un campo previo de bienes comunes, apoyado en dinámicas sociales que se dan por todas partes con más o menos calidad e intensidad. Nos referimos, entre otros, a valores u objetivos colectivos como la sociedad de bienestar; la calidad del sistema político, basado en la protección de los derechos fundamentales individuales, rigurosamente democrático en lo que hace a los métodos y procedimientos de la vida política, que dé juego y satisfacción a todos: a las mayorías y a las minorías; la defensa de la herencia cultural singular vasca y de su pluralidad en una sociedad vasca integrada; un autogobierno fuerte, en cualquier caso; asegurar la conexión (vasco-navarra y transfronteriza) de los territorios e instituciones vascas entre sí, conexión que ha de ir hasta donde quieran sus distintas poblaciones.
Entendemos por otra parte, que es menester deliberar sobre los asuntos básicos de la comunidad política vasca que resultan más controvertidos. Tales son, por ejemplo, los dilemas de la identidad vasca: cómo preservar la herencia de una frágil singularidad y cómo conjugarla con la otra herencia de una compleja pluralidad a través del criterio étnico-cívico, en materia de derechos, identidades, símbolos, lenguas... O los asuntos de la soberanía vasca, desde los relativos a su naturaleza: cual es su carácter, sobre qué asuntos se proyecta, a los dilemas concernientes a su posible proyección en los distintos territorios vascos. O el reconocimiento de un ámbito de decisión: para las decisiones democráticas sobre la suerte de la comunidad vasca que cuenten con una mayoría clara de la misma. O las relaciones externas, cómo se conjuga la soberanía vasca con la relación estatal y europea: propuestas próximas a lo confederal en ciertas cosas.
A propósito de esta discusión, es preciso distinguir los objetivos colectivos que, en este tiempo y en las actuales circunstancias, pueden proponerse razonablemente a las presentes generaciones de aquellos otros, sin duda también legítimos, pero cuya viabilidad exigiría contar con una sociedad muy distinta a la existente en la actualidad. Todo lo relativo a los ritmos y plazos está y estará condicionado, por consiguiente, por las opciones tomadas en este debate y por el resultado social del mismo.
Revisar el sentido de lo radical. La tradición abertzale radical es un bloque de ideas, actitudes, posiciones, códigos, que ha ido formando una tradición y se ha trasmitido por herencia de unas generaciones a otras. En lo ideológico-político, la doctrina radical se concentra en cuatro rasgos. El anti-españolismo, rechazo de lo español, porque invade lo vasco y le es ajeno. El horizonte independentista, separarse de España. El horizonte euskaldun, que no es tanto la parte instrumental, el dominio del euskera, sino vivir efectivamente en euskera, que se reduzca al máximo la presencia del castellano y se sustituya por la lengua nacional. La reunificación de las siete regiones vascas en una sóla entidad, sin autodeterminación de las partes (pese a que Sabino Arana la admitía).
Todo ello puede resumirse en un par de ideas fuerza. Por un lado, la meta final del trayecto nacionalista: la soberanía plena y la euskaldunización (entendida de la forma antedicha). De otro, el imperativo de no enredarse en la política española y en alianzas con fuerzas políticas españolas. Las bases de esta definición radical las ponen gentes como Gallastegi y otros, que las heredan de Sabino Arana; luego germinan en Jagi Jagi; finalmente las recupera ETA.
Durante el primer tercio del siglo XX, el independentismo y el desistimiento de todo lo español son unas señas de identidad radical que apartan a quienes las sostienen de la gran mayoría de la sociedad vasca. De modo que apenas tiene valor funcional en esa época. Por decirlo de forma clara, pero sin ánimo de faltar, sus seguidores riegan fuera del tiesto y conectan muy poco con la realidad de la época. La soledad moral de Gallastegi, renunciando a participar en la guerra civil, por ser cosa de españoles, es su paradigma más dramático.
Durante el franquismo, ETA apela a la tradición radical abertzale para dar forma a su ideario, nutrirlo y enfrentarlo al del PNV. De manera que lo radical adquiere otro sentido cuando la realidad es otra, cuando hay una demanda de rechazo radical de una realidad opresiva y represiva. En las condiciones del franquismo, hace falta un nuevo nacionalismo, generoso en el compromiso individual, para el cual la épica y la ética radical: ¡Patria o muerte! ¡Euskadi o España! ¿Hablar euskera es tan revolucionario como poner una carga de plástico!, es extraordinariamente funcional. El prestigio político y moral de la izquierda abertzale tiene que ver con el ascendiente de las conductas radicales en las situaciones límites, como las de una dictadura.
Ahora mismo, paradójicamente, la propuesta radical es funcional para acoger a ETA, esto es, cuando el hecho abertzale más radical quiere apartarse de la escena y cuando es menester amortiguar y facilitar su aterrizaje. También lo es para ver si puede caer ahora algo más, y a causa de este cambio efectivo de la retirada de ETA. E incluso se puede entender como un buen acompañante de la reclamación de un cambio de ciclo. Pero más allá de esta cosas, hay que replantear el valor de la tradición radical vasca en las condiciones actuales. ¿Es un valor, tal cual nos viene de la tradición? ¿Qué significado tiene ahora? ¿A qué molino lleva el agua y qué agua lleva?
De momento, la opción radical abertzale parece una cosa de las élites o de la minoría hiperpolitizada. La mayor parte de la sociedad, incluso buena parte del mundo abertzale, parece que vive lo nacional sin dramatismo, de otra manera, como un aspecto más de la pluralidad de lealtades, aficiones y creencias del mundo contemporáneo; como algo que tiene que ver con la cosa del voto, que “mi equipo tenga el poder y las instituciones, aunque no se sepa muy bien para qué sirve eso (más allá del hecho evidente de que no lo tenga en su mano el equipo rival).
No es fácil de medir los efectos sociales del radicalismo actual, una vez que ETA se haya apartado definitivamente de la escena; algo que todavía no ha sucedido. Pero si se deja de lado lo de la kale borroka y se da por supuesto que sus manifestaciones tienen una fecha de caducidad: la salida de los presos, parece que no perturba demasiado a la gente, acaso, porque no se le presta demasiada atención. Pero, en cualquier caso, hay un ostensible desajuste entre el discurso radical, en particular cuando extrema las alarmas y amenazas sobre la supervivencia de lo nacional vasco, y la idea que se hace la gente de esto. Así, por ejemplo, se le dice al mundo abertzale que la idea nacional vasca no tiene cabida en la Constitución, que consagra otra idea nacional: la nación (A) es España (o Francia), lo vasco es una parte del todo cultural español (B) y una parte del pueblo español que es el único sujeto de la soberanía (C) política; pero la evidencia de lo avanzado en los últimos veinte años le transmite otras sensaciones, más allá del conflicto constitucional existente. En buena medida, el discurso y el lenguaje se separan de la realidad.
Cabe decir, a modo de resumen, que la tradición radical abertzale se enfrenta en el momento actual a estos tres dilemas.
Uno de ellos, el dilema de la autenticidad, plantea esta ecuación inquietante: a más autenticidad, más alejamiento del poder. La “autenticidad”, gobernada en el caso vasco por la defensa ortodoxa de la doctrina central y por la condena de todo desviacionismo de la misma, lleva a levantar una muralla con el resto de la sociedad, muralla que ni siquiera es satisfactoria para una buena parte de la comunidad nacionalista.
El otro, el dilema de la tensión, plantea la estrecha correlación existente entre la tensión abertzale y las circunstancias de todo tipo que se viven. De modo que la tensión y la épica se corresponden con unas circunstancias dramáticas pero es muy difícil de mantener y resulta artificiosa si las circunstancias cambian y ya no son tan dramáticas.
Por último, el dilema de la salida, que plantea su correlación con la voz y la lealtad. Cuando no hay voz, como ocurrió bajo el franquismo, no puede darse un compromiso de lealtad y tiene sentido plantearse la salida de forma radical. Pero ahora que hay voz (y se puede defender y pedir el voto independentista) es más difícil que tenga fuerza la propuesta de salida y la vida empuja a buscar un compromiso en terrenos intermedios.
Dilemas de la construcción nacional. Los dilemas mencionados anteriormente: de la extensión e intensidad, del sujeto, de la autenticidad, remiten a otro que está en el fondo de todos ellos y que puede definirse como el dilema del etnos vasco: que cuanto más se insiste en el etnos singular vasco más se pone en evidencia que no es compartido por buena parte del demos vasco y que éste se ve atravesado por un conflicto de identidad, de modo que el hecho de acentuar la singularidad del etnos vasco aleja a una parte del demos que no se siente identificada con tal etnos e incluso desencadena en ella movimientos contrarios.
Las implicaciones de este dilema del etnos afectan a la cuestión del poder y a la viabilidad misma de los proyectos abertzales.
Se puede presentar, diciendo lo mismo de otra forma, como dilema del poder: “para realizar el programa nacionalista hace falta una alternativa de amplias mayorías, lo que le exige extenderse más allá del mundo abertzale, pero tal extensión conduce a una servidumbre respecto a sectores que manejan otras claves, con quienes se entabla una negociación tácita o expresa que acaba en una mutua adaptación, de modo que conlleva ineludiblemente una suavización de sus planteamientos iniciales”.
O también como el dilema de la viabilidad abertzale. Cuya lógica es la siguiente: sin una expansión más allá del mundo abertzale no se puede forjar una alternativa de poder y sin ésta no hay esperanza de realización del programa máximo abertzale (sociedad predominantemente euskaldun, plena soberanía, separación de España y estado vasco independiente), pero como ese programa carece de base sociológica suficientemente amplia en la que apoyarse en la sociedad vasca actual, ha de revisarse para adaptarse a la sociedad real.
Una propuesta conjunta. Necesidad de concretar, por parte abertzale, una propuesta conjunta y consensuada, de construcción nacional. Una necesidad tanto más apremiante cuanto más se tiene en cuenta que estamos cerrando la página de una época ya consumida y que es preciso allanar el camino a un cambio de ciclo y de políticas. Las nuevas circunstancias: sin ETA, a los veinticinco años de la muerte de Franco, cuando empieza a ser historia el franquismo y sus protagonistas, con una mayoría abertzale en las instituciones de la CAPV, el cambio generacional habido, la diferencia de situaciones entre la CAPV y Navarra e Iparralde... apremian a tener que concretar las cosas, distinguiendo de verdad contenidos, plazos y velocidades, espacios, etc., sobre todos los asuntos planteados.
Hoy día se está ya de acuerdo en que la propuesta abertzale ha de ser “soberanista” en cuanto a su contenido, en que debe hacerse de forma conjunta y en que se ha someter a refrendo de los ciudadanos. Pero todavía no hay acuerdo sobre el dónde y el por quién. La versión “realista” sugiere una correspondencia entre la desigual conciencia nacional vasca y las distintas velocidades y ritmos de la construcción nacional, de manera que las propuestas abertzales puedan refrendarse allí donde esto sea posible, es decir, en la CAV por el momento. La versión “turbo” pone el acento en un sujeto nacional único, el conjunto de territorios y el conjunto de ciudadanos de Euskal Herria, que inicie ya un proceso constituyente en los siete territorios vascos.
En cuanto al qué de esa propuesta soberanista, sobre lo que tampoco hay acuerdo, lo más notable es que hoy día se aborda con una elevada inconcreción. Sea por necesidad, porque las uvas no están al alcance sea por la confusión propia de un tiempo de cambio a escala planetaria y por no tenerlo claro, el caso es que todo el mundo navega en lo indeterminado e impreciso a este respecto.
El tiempo exige afrontar un problema previo: ¿se concibe la construcción nacional a tres velocidades políticas distintas, a tenor de la separación institucional actual y de la identidad particular tanto de Navarra como de Iparralde? ¿se piensa en desencadenar un refrendo popular expreso de la construcción nacional allí donde se puede ir antes y llegar más lejos, por tanto, esto es, en la CAPV? ¿o se desecha ese refrendo para no poner en evidencia la imposibilidad de llevarlo a cabo en Navarra e Iparralde y para no tentar la suerte de un incremento de las distancias entre los territorios? Sea cual fuere la respuesta, estamos ante opciones que se van a tener que tomar en no mucho tiempo.
Una triple amenaza ensombrece y dificulta esta faena. 1) La de la no concreción, por presión de las circunstancias, demasiado adversas o porque no se puede llegar a las uvas ni recogerlas. 2) La exigencia nominalista: de palabras que parezcan más dinámicas y abiertas, como soberanismo, ámbito de decisión, territorialidad, etc., cuando la realidad no se mueve o se mueve muy poco; un cambio semántico que sirve para encubrir las carencias. 3) La tentación de someterse a un estrecho marcaje mutuo, fomentada por la competencia político-electoral y la disputa de la hegemonía abertzale, cosa que alimenta una actitud conservadora e impide una discusión franca y leal de los problemas mutuos.
Un sello de izquierda y alternativo. (Falta esquema y desarrollo). El sello alternativo, de izquierda, de la construcción nacional. Teniendo en cuenta en primer lugar un doble punto de partida negativo. Como izquierda, ha perdido peso en la sociedad, está muy difuminada, se ha desgastado en su fuerza social, en su capacidad creativa alternativa, en su empuje y dinamismo. Y como izquierda abertzale, a causa de ETA, se ha desgastado además en su liderazgo moral.
En segundo lugar, que no se trata de yuxtaponer una reivindicaciones “sociales” a la lucha nacional, aunque lo incluye.
Por último, que es un necesario contrapunto a la simple lucha por el poder que se genera en los procesos de construcción nacional. Punto de mira centrado en la creación de fuerza social y en la mejora moral individual, más que en la fuerza institucional. Afecta sobre todo a la selección de los objetivos o metas, a los valores que se invocan y se pretende desarrollar, a la “lógica” que hay en todo ello.
Sentido y perspectivas de la construcción nacional
Discusión sobre la gramática, la semántica y la ética de la construcción nacional. En parte una discusión de objetivos y perspectivas; pero también de propuestas y modelos de integración; y de caminos y estrategias, siempre condicionadas por la previa elección de objetivos y metas; y un debate sobre valores; y también, en buena medida, sobre las realidades sociológicas que exigen un cambio del concepto de integración dominante en el nacionalismo vasco. Un concepto de integración que ahora, por presión de las reglas democráticas de las sociedades plurales, se ha quedado viejo y es menester revisar.
Modelos de integración. En el ámbito liberal-democrático del occidente europeo, la integración y la cohesión de las gentes que conviven en el territorio de la comunidad política son valores imprescindibles de la misma. Hoy día no se concibe una comunidad política que garantice los derechos fundamentales de todos si sus gentes no están fuertemente unidas (cohesionadas) como las partes de un todo (integradas). Es más, se considera asimismo que tanta más unidad y estabilidad han de tener cuanto mayor esfuerzo de solidaridad hayan de hacer los ciudadanos y ciudadanas y cuanta mayor carga contributiva hayan de soportar para asegurar un bienestar social mínimo de la población.
Mirando hacia atrás, se puede decir que las sociedades siempre han buscado un punto de orden y estabilidad, que siempre han necesitado un punto de integración y cohesión. Hasta el punto de que o bien los conseguían en un grado que les permitía sobrevivir y perpetuarse o bien las destruía su contrario: la anarquía y la desintegración. Pero lo que verdaderamente importa a este respecto no es tanto el resultado sino los pilares en los que las distintas sociedades han fundamentado su aspiración lógica a sobrevivir. Es en este terreno donde se manifiesta en toda su profundidad el cambio de valores que representa la modernidad.
Durante muchos siglos la estabilidad de las sociedades se ha fundado en el eficaz sometimiento de poblaciones con distintas lenguas e incluso religiones y de territorios diferentes entre sí a una misma e indiscutida autoridad y, por tanto, a su fuerza coactiva. Esto ha sido lo fundamental en las sociedades antiguas. Acompañado en ocasiones de la destrucción física de sociedades enteras: de las civilizaciones aborígenes durante los cinco últimos siglos en América, Oceanía, Asia y Africa; y generalmente acompañado de la desigualdad e inseguridad jurídica y social de ciertas partes de la población. Recuérdense las sociedades esclavistas a lo largo y ancho de todo el mundo así como la intransigencia excluyente de las comunidades religiosas, de judíos y de cristianos en el Islam, de moriscos y judíos en los reinos cristianos, etc.
La modernidad implica un cambio de criterios en los mecanismos de integración de las sociedades. Por un lado se valora que el compartir una misma cultura e idea nacional fortalece y mejora la cohesión e integración de las sociedades. Por otro, se plantea la conversión del súbdito en ciudadano, cuya base fundamental es la igualdad jurídica, la supresión de los privilegios de sangre y de las jerarquías estamentales.
Durante la modernidad han prevalecido de hecho tres modelos distintos de integración de las colectividades.
La mayor parte de los estados durante los dos siglos últimos al intentar convertirse en naciones, así como éstas cuando el movimiento nacionalista que las reivindicaba se ha puesto al frente de su estado nacional, ha seguido el modelo de la asimilación forzada. En este modelo se plantea abiertamente el objetivo de la uniformidad de la población, concebida como un proceso de homogeneización nacional –de lengua, cultura, identidad nacional, sentimiento de pertenencia, visión de la historia, etc.– que obliga a toda la población tanto por la ley como por la presión social. Por lógica, este modelo debe ir acompañado de los grados de coacción necesarios para el buen cumplimiento de ese fin. Sus resultados más relevantes son dos: 1) que conduce a diversos grados de mestizaje, 2) que genera una armonía nacional, si bien por el camino de la exclusión y liquidación de cualquier otra definición competidora (otra lengua, otra cultura, otro mito nacional, otra identidad, etc.).
En el siglo XIX, gracias al mito del progreso y a unas condiciones predemocráticas por lo general, este modelo de integración por liquidación del otro fue eficiente en cuanto a sus resultados en muchos lugares. Pero hoy en día, es un imposible y está fuera de tiempo, al menos en las condiciones de las democracias liberales, salvo que se dieran circunstancias tan excepcionales como las de la creación del estado de Israel. Requiere tanta coacción para reducir la pluralidad de las sociedades modernas que no funciona ni siquiera por las malas.
El modelo de la asimilación voluntaria pretende mantener los fines del anterior a la vez que se quieren corregir sus inconvenientes. Su clave principal es la voluntariedad, y, en consecuencia, la ausencia de coacción; en todo lo demás, es equivalente al modelo de la asimilación forzada. Busca conseguir la uniformidad nacional. Conduce a diversos grados de mestizaje. Excluye y liquida al “otro”, al que asimila, y por extensión excluye y niega cualquier otra definición competidora (otra lengua, otra cultura, otro mito nacional, otra identidad, etc.).
Este modelo es legítimo, sin duda. Además, se puede decir que recoge una forma real de integración que constantemente se da en el plano individual, donde sí se da esta forma de asimilación como un mecanismo voluntario de integración, y en todos los sentidos, allí donde hay un intercambio de culturas. Pero, más allá de lo individual, es muy difícil, por no decir un imposible, que produzca los resultados apetecidos en una sociedad abierta y democrática, ya que el pluralismo y los mecanismos de la democracia tienden a mantener y realimentar el conflicto de identidades. Por ello se puede decir que éste es un modelo más teórico que real. No puede darse sin enfangarse en una fuerte coacción.
El modelo de la integración compleja descansa en otra clave muy distinta: consensuar las bases y los códigos comunitarios de integración entre sus diversos componentes. Se propone construir una identidad compleja y diversa, plural. Produce un mestizaje más complejo que los modelos anteriores. Se tiene en cuenta el carácter intrínsecamente conflictivo de la sociedad plural y se trabaja con la perspectiva no de superar el conflicto sino de regularlo y con la previsión de una eterna renegociación de las bases integradoras de la comunidad.
Si se tiene en cuenta que es complicado de realizar e incluso hasta de pensarse, se puede decir que este último también es un modelo más teórico que real, al menos hasta la fecha. De momento, es demasiado revolucionario a escala estatal, ya que rompe demasiado la lógica “del auténtico y originario propietario de la nación”, lógica que es consustancial a la victoria del criterio nacional en el mundo contemporáneo. Pero a escala más pequeña, hay un buen número de hechos y de dinámicas que empujan en esa dirección en no pocas lugares y ciudades del mundo actual.
La integración de la sociedad vasca. La experiencia vasca a lo largo del siglo avala las siguientes conclusiones.
Ha habido un fenómeno incesante de expansión del mundo abertzale y, por tanto, un proceso de asimilación voluntaria al mismo por parte de sectores sociales que estaban extramuros de la comunidad abertzale. También se ha dado, de otra parte, un fenómeno de integración más complejo, en cuanto que legitima de hecho las identidades dobles o compartidas e incluso la identidad distinta y les hace un hueco en la vida social, aunque más en la esfera privada que en la pública. En la práctica, en esto último ha predominado una forma de integración –económica y urbana– algo más neutra, que combina una cierta subordinación pasiva en lo político-ideológico y un bajo compromiso en los aspectos culturales e ideológicos (el euskera, la identidad colectiva, los mitos y los símbolos, los sentimientos y lealtades nacionales...) más exigentes de la cosmovisión abertzale. Entre uno y otro prácticamente acogen a toda la población.
Los resultados conseguidos son ambivalentes: se ha producido un grado notable de integración pero ésta ha de ser considerada precaria y provisional. Dejando al margen lo que hay en ellos de una asimilación voluntaria, son fruto, en gran medida, de un cálculo racional de los intereses respectivos que se traduce en concesiones mutuas, un cálculo movido por el deseo de tener la fiesta en paz más que por la seducción del otro... De manera que es un resultado relativamente frágil; puede cambiar de signo a nada que cambien las circunstancias y puede ser una y otra vez renegociado a tenor de la relación cambiante de fuerzas. En suma, estamos ante unos resultados que son reversibles, si bien tan sólo en cierto sentido y hasta cierto punto. Pues en el fondo, todo indica que no se puede ir mucho más allá de ciertos límites.
El modelo abertzale está muy escorado hacia la propuesta de integrar a la población a través de la asimilación voluntaria a sus postulados: una identificación con los objetivos nacionalistas a través de un proceso de asimilación positiva, por aceptación de la lectura de la realidad hecha por la comunidad abertzale, por adaptación a los códigos incluidos en esa definición. En consecuencia, excluye expresamente la asimilación forzada, pero concibe el futuro de Euskal Herria unido por completo a la asimilación voluntaria de sus gentes al ideario abertzale. El conjunto del nacionalismo vasco rara vez se sale de tal modelo, si bien denota una preocupación por suavizar o camuflar sus aristas más antipáticas.
¿Es razonable proponerse ahora una conversión masiva a los postulados abertzales de la población que hoy no los siente como suyos? Ni lo es a corto plazo, en general, ni tampoco es razonable pensar en su éxodo masivo. De manera que la presencia de gentes con una identidad distinta a la abertzale tradicional, españolista o vasco-española, y la legitimidad e este hecho, son una parte sustancial del problema vasco.
Cabe mantener, empero, un horizonte de futuro abierto de alguna forma a la triple meta de la utopía abertzale: unidad territorial, independencia y plena euskaldunización. Aparte de que es legítimo, o de que no hace daño a nadie creer en la posibilidad de una asimilación voluntaria de la población en ese sentido, pues se trata de una creencia benigna, es racional y lógico mantenerlo dadas las circunstancias que condicionan el hecho nacional vasco. Pero ese horizonte puede resultar sumamente perturbador si se plantea como un patrón-medida de toda la actividad práctica. Así planteado, entraña una vuelta a la lógica en bárbara, a la artificiosa y dudosa coherencia entre la táctica y la estrategia, al argumento sectario de que lo que no es bueno para mi opción no es bueno para el País, a lo de los fines justificativos de los medios...
Para establecer un criterio más seguro hay que volver inevitablemente al meollo de la cohesión social, esto es, a la definición y justificación de a dónde se quiere ir y por dónde se quiere llegar a ese punto.
Objetivos, perspectivas, opciones: ¿a dónde se quiere ir? La deliberación sobre los modelos de integración no puede darse cabalmente si no se pone sobre la mesa la definición y justificación de a dónde se quiere ir y por dónde se quiere llegar a ese punto. Desde claves de izquierda, manejamos estos criterios básicos en lo que hace a los objetivos y perspectivas de la cohesión social.
Primero, la defensa del etnos singular vasco como patrimonio de toda la sociedad, algo común a toda ella y no exclusivo de una parte. Cosa que requiere trabajar con una perspectiva de más largo plazo, para otras generaciones, y un clima integrador. Sabiendo que no se puede poner puertas al campo, pues no hay unos límites fijos en la asunción del etnos por el demos, lo que puede variar en todos los sentidos, según la percepción, los miedos (de cada parte), los mínimos garantizados (de cada parte).
En segundo lugar, la defensa de una identidad más incluyente y, por ello, más compleja, mediante un reconocimiento expreso de las identidades existentes, tanto de las identidades únicas que tradicionalmente se han considerado contrapuestas y excluyentes entre sí, como de las identidades compartidas, e impulsando su convivencia y regulando sus conflictos. Ante la radical diversidad presente, es menester tener siempre en cuenta, a este respecto, el principio de reciprocidad que proyecta una doble mirada, de ida y vuelta, sobre mis derechos y deberes y sobre los derechos y deberes de otros, etc.
El tercero, que condensa los otros dos, es producir una interacción positiva entre los diferentes mundos de referencias en que se divide hoy todo lo que afecta a la res publica vasca. Un objetivo por el que se ha de luchar aunque sea de forma unilateral, con independencia de que “la otra parte” se muestre reacia a ello.
Cuarto, la necesidad de distinguir las claves más lejanas de aquellas otras que delimitan un horizonte más próximo: lo idealmente realizable en el plazo de una o dos generaciones. Se ha comprobado que el nacionalismo vasco necesita de ambas cosas y que entra en crisis si no se guarda un delicado equilibrio entre ambas; una crisis de sentido, si el horizonte está tan lejano y se percibe tan imposible que cunde la desesperanza o una crisis de orientación, si se opera con perspectivas débiles y de corto alcance. Actualmente observamos que el mundo abertzale está cómodo en las claves más lejanas, mientras que es reacio a delimitar el horizonte más próximo, sea cual sea.
Conviene desechar, en quinto lugar, la idea de una solución final al conflicto comunitario. La búsqueda de una solución definitiva, sea por victoria de un campo que se come al otro, sea por la vía armonicista de un acuerdo satisfactorio entre las partes, descansa en el propósito de superar el conflicto mediante una identidad nacional compartida. Pero todo lleva a pensar que tal cosa es una ensoñación y que es más razonable la búsqueda de una solución temporal, para unos cuantos años. Esto es, es preciso buscar un arreglo mínimamente satisfactorio para la presente época, que dadas las circunstancias no va a resultar nunca como para echar cohetes puesto que no elimina los conflictos ni elimina los problemas de integración y cohesión y carece de un horizonte final y resulta por ello mismo siempre inestable. Pero, pese a ello, puede ser un buen arreglo que mejore en efecto la integración y la cohesión social si se asienta en un compromiso sobre las cuestiones básicas y si se consigue que todas las partes se tomen en serio los compromisos adquiridos y si se entiende que será renegociado por otras generaciones o bien ante un cambio de las circunstancias. Una clave ineludible de este arreglo es que se busca de forma expresa a los partidos “vasco-españoles”, a los que se convoca a llegar a un acuerdo o compromiso sobre los mínimos satisfactorios.
Sexto. Hace falta más claridad de objetivos y perspectivas, dado que las fórmulas más habituales, como buscar terrenos de encuentro, aumentar la cohesión e integración nacional, etc., resultan demasiado genéricas y confusas, tal vez porque todo el mundo abusa de ellas y se usan para fines contrapuestos. Una sociedad que reconoce el pluralismo y lo consagra como virtud nacional, se cohesiona en la medida en que comparte ese cimiento común. Pero una sociedad que ve en el pluralismo una fuente de conflictos y decide reducirlo al máximo, también se cohesiona si convierte ese criterio en un cimiento común. Así que ambas fórmulas se pueden poner como ejemplo práctico, casualmente, del criterio de buscar y proponer puntos de encuentro.
Por último, es importante distinguir la parte del todo, sin confundirse ni crear confusión sobre lo uno y lo otro. Cada vez que se confunden y se toma la parte por el todo, como cuando se maneja un sujeto de derechos y reivindicaciones, el pueblo vasco, unívoco y sin fisuras, se añade un nuevo problema a los muchos que ya hay sobre la mesa. Mientras que, por el contrario, cada vez que el nacionalismo vasco se presenta como parte, con todas las de la ley pero sin confundir las cosas, se gana la imagen de enunciar problema reales, aunque sean de una parte, y de aportar soluciones.
Caminos y estrategias. Las diversas fórmulas planteadas no son, en el fondo, sino distintos modos de combinar ingredientes básicos, como el grado de confrontación y consenso, o ciertas imágenes, como el grado de continuidad o superación del actual marco político, a veces llenas de diferencias estéticas pero cuyas consecuencias políticas no son fáciles de determinar.
Perspectiva de confrontación. Maneja la tensión permanente y estira al máximo el conflicto. Mantiene la separación de campos, cada uno de los contendientes va a lo suyo y se dedica exclusivamente a cuidar de su parcela de poder y de representación, con un particularismo extremo. Subraya la provisionalidad de los resultados, pues trabaja a más largo plazo, con una expectativa de cambio “definitivo” a su favor, cuando cuente con la mayoría suficiente para hacerlo. Esta perspectiva es realista, sincera y hasta lógica, cuando es consciente de que va por delante con una definición que no representa más que a una parte del demos, cuando lo que persigue de verdad no es más que producir una media resultante, de acuerdo con la relación de fuerzas, a través de la lucha con otras concepciones. En este sentido, puede ser a la vez un método y una salida, pues produce un resultado momentáneo siempre acorde con las fuerzas reales en presencia y mantiene el equilibrio entre ellas a la larga.
Esta versión, que pretende producir en las relaciones políticas y comunitarias unos efectos “espontáneos” similares al de las leyes del mercado en lo económico, es la predominante en el caso vasco en este último tiempo. Tal vez por ello, es una opción de mayorías y poco atractiva para las minorías. Pero hay otra versión artificiosa y falsa que extrema las cosas y no se asienta sobre un punto mínimo de realismo: prescindir de los partidos “españoles” presentes en el ámbito vasco o pretender que dichos partidos admitan y reconozcan su subalternidad en la política vasca.
Perspectiva de buscar el consenso que resuelva el conflicto. Se entiende, de entrada, que dicho consenso es para integrar bienes distintos y contrapuestos, como el legado étnico vasco heredado del pasado y un pluralismo que contiene y valora otros bienes patrimoniales; dicho de otra forma, para que tales bienes sean mutuamente reconocidos y para adoptar unas reglas de juego aceptadas por todos. Por tanto, pretende establecer valores comunes acordados entre todos, a través del diálogo y de la negociación entre las partes. Puede darse en una versión maximalista, demasiado alejada del mundo real y de las presentes posibilidades. Pero en su versión más minimalista, de buscar unas bases comunitarias consensuadas que satisfagan mínimamente a todas las partes, resulta algo más adecuada al correoso conflicto de identidades y culturas.
La fórmula de ampliar el consenso es habitual en el PP y PSOE. Plantea un problema real: dar con un terreno de encuentro que no deje excluidos, pero el marco político-constitucional que se propone para ello no lo facilita. Podría hacerlo, empero, si fuera acompañado de una nueva “relectura” de la Constitución en un sentido que satisfaga básicamente a los nacionalismos periféricos en los terrenos planteados: un aire estatal más plurinacional, más y mejor autogobierno, el acceso a la UE.
El mundo abertzale plantea la fórmula de un cambio que implique más ruptura, de alguna forma, respecto al pasado, o bien aceptado por el estado o bien desencadenado por un proceso constituyente a la vasca, al margen de la ley. Lo primero entra dentro de lo racional y razonable para los próximos años. Lo segundo parece un brindis al sol si va unido al desenlace de lo de ETA, pero si se presenta al estilo de la declaración de la periferia nacionalista en sus encuentros de Barcelona/Vitoria-Gazteiz/Santiago entra también en los planteamientos racionales y razonables. De manera que esta distinción, tan tajante aparentemente, entre la opción de ampliar el consenso existente actualmente y la de superar el marco actual no lo es tanto en realidad.
Valores en
juego
La valoración moral que nos merece, en la actualidad, la cuestión nacional vasca, es un asunto ineludible para las gentes que tratamos de recrear una tradición de izquierda cargada de fundamentos morales.
Moralidad. El abertzalismo ha recreado en su historia un imaginario en el que representa un papel de pueblo oprimido y sufriente: sometido a injustas condiciones como la pérdida de sus instituciones políticas tradicionales y el abandono de su lengua y su cultura tradicional, la obligada permanencia dentro de un estado en contra de su voluntad, el hecho de estar dividido su territorio por una frontera artificial amén de ocupado por dos potencias exteriores a él...
Sin entrar en las exageraciones y olvidos que hay en esta forma de contar la historia, se puede decir que esa representación de pueblo oprimido y sufriente ha tenido un éxito desigual a través del siglo. Si bien se puede afirmar, no obstante, que, salvo en la época franquista, no ha gozado de verdadero crédito moral fuera de los círculos nacionalistas.
En las décadas que van desde la Restauración hasta la guerra civil (1876-1936), todo esto del pueblo vasco oprimido se queda en “historias de nacionalistas” que el grueso de la sociedad vasca no comparte o bien las contempla de forma menos dramática. Esa percepción de pueblo oprimido por España no encaja con la tradición vasca heredada, entre cuyos mitos principales no hay ninguno para denunciar una situación de pueblo oprimido, ocupado por un invasor. Ni se corresponde tampoco con la mirada del grueso de la élite vasca de la época, cuya integración en el régimen político de la Restauración es muy rápida en cuanto puede apagar y enterrar los rescoldos de la guerra pasada perdida por el carlismo. Las clases dirigentes vascas no están insatisfechas, sino todo lo contrario, con la autonomía fiscal y financiera que le dan los conciertos económicos establecidos desde 1878 y el impresionante auge económico que entra por Vizcaya por esas fechas y el control por su parte de un sistema político caciquil. Ni tampoco se corresponde esta percepción de un pueblo vasco oprimido con la mirada “de clase” de los de abajo, de los nuevos proletarios y mineros o del campesinado autóctono empobrecido, etc., cuyos patronos y arrendadores son vascos de pura cepa. Esta clara falta de correspondencia es la causa, precisamente, de que los fundadores de la idea nacional(ista) vasca, como Campión o Sabino Arana, y el fuerismo intransigente de los Sagarmínaga y otros antes de ellos, tengan que crear los mitos que cumplan la función de avalar la visión del pueblo vasco “oprimido y ocupado” por un invasor extraño.
La situación bajo la dictadura franquista es otra cosa bien distinta. No se puede decir que el pueblo vasco perdiera la guerra, ya que una parte de los vascos estuvo en el bando vencedor, mayoritaria en Navarra y en Alava e importante en Guipúzcoa y Vizcaya. Pero sí se puede decir que la perdió el Gobierno vasco autonómico, así como el bloque nacionalista, socialista y republicano que lo sostenía. Esa parte lo perdió todo y dio credibilidad, por primera vez más allá del campo estrictamente abertzale, a la historia de un pueblo oprimido y de un país ocupado.
En las dos últimas décadas, la representación de pueblo oprimido y sufriente ha ido perdiendo crédito, incluso en amplios sectores del propio nacionalismo, en la medida en que se han ido consolidando el sistema democrático y las instituciones de autogobierno. Es más, esa representación no ha podido cuajar en las circunstancias actuales mucho más allá de quienes han visto la situación de la sociedad vasca únicamente a través de la guerra entre ETA y el estado español y bajo una identificación emocional con ETA.
Hoy día, estamos ante un conflicto político de notable envergadura, es cierto, pero no es menos cierto que la sustancia moral del mismo ha cambiado considerablemente y se está vaciando en gran medida. De tal suerte que, en la actualidad, es difícil descubrir la huella de una opresión nacional, cosa que siempre tiene un sentido fuerte: opresión es opresión, en el conflicto político existente. En cuanto se deja de lado todo lo relacionado con la trágica lucha entre ETA y el estado español, donde sí hay mucha carga moral y en muy distintos sentidos, se pone en evidencia, dicho de otra forma, que la diversidad de opiniones y de criterios sobre lo que conviene a la sociedad vasca y le va mejor es hoy lo predominante en el conflicto político existente.
Como ocurre en la lucha política, e igual pasa en la esfera de las relaciones privadas, revestimos nuestras opciones de un baño moral y de paso descalificamos rotundamente la (in)moralidad de nuestros adversarios o competidores. Pero, por ello mismo, hemos de revisar los argumentos empleados y los valores morales aducidos, que no siempre son adecuados. Así, por ejemplo, resulta abusivo tachar de opresión el inmovilismo o el juego político a la contra. Hay que admitir que el juego político de no darle facilidades a quien reivindica una opción nacional distinta y recordarle que se la ha de ganar a pulso, esto es, que ha de poner sobre la mesa los recursos que hacen viable dicha opción: una mayoría clara y la ausencia de riesgos graves y de graves fracturas sociales, no es equivalente a opresión o imposición. Y hay que admitir asimismo que tampoco generan opresión las hipótesis, que no son más que supuestos y no hechos, como la hipótesis de que vendrán de nuevo los tanques si los vascos desencadenamos un proceso autodeterminativo al margen de las leyes actuales. Lo que no ha sucedido todavía mal puede ser un argumento de opresión e imposición.
Legitimidad. Los fines del abertzalismo: vasquizar la sociedad (y restablecer su personalidad nacional al recuperar la lengua y la cultura propias), unas instituciones garantes de la supervivencia y el desarrollo de la personalidad nacional vasca, aunar los tres territorios vascos, son inicialmente expresión de parte, esto es, del interés de una parte de la sociedad por trasladar al conjunto de ella unos bienes o valores particulares, propios, que estima racionales, razonables y de interés general.
La legitimidad moral y política de proyectos abertzales va unida al cumplimiento de dos condiciones. Que se atengan a la estricta regla democrática, esto es, a su aceptación democrática y libre por la mayoría de la población, es la primera. La segunda exige establecer, amén de un sistema de derechos fundamentales igualmente válido para todos los ciudadanos, un lote de garantías de reconocimiento y respeto de la minoría que sea suficiente y satisfactorio para esta. Esta última da una medida significativa y reveladora de la calidad democrática del sistema político. El abertzalismo, como cualquier otra aspiración, se deslegitima y pierde crédito político y moral si no se atiene a estas reglas.
Lo mismo cabe decir del españolismo o del vasco-españolismo, entendido como un amplio y abigarrado sector social que comparte de una u otra forma, al menos, un triple sentimiento: a favor de mantener la vinculación española del País Vasco y de su cultura, de promover la solidaridad mutua entre sus gentes, de sostener un proyecto común junto con los demás pueblos del estado español. Pues bien, respecto a estos bienes o valores que expresan los intereses y sentimiento de otra parte de la sociedad vasca, cabe decir que su legitimidad moral y política también va unida a idénticas consideraciones u obligaciones. En su caso, debe atenerse estrictamente al libre juego democrático al defender sus propuestas y debe adoptar una disposición al arreglo con la mayoría abertzale, a la que debe reconocer como tal.
Ambas cosas tienen su fundamento en un principio radical de la vida moral: la igualdad moral de todas las personas, con sus atributos nacionales correspondientes, así como la igualdad moral e igual dignidad de todas las culturas, lenguas y pueblos. Dicho en lenguaje más llano, que nadie es más que nadie, en esto de lo nacional.
Valores positivos en juego con los cuales nos identificamos expresamente.
Mirando hacia atrás, ya se han mencionado dos dinámicas que han tenido un efecto muy positivo en el pasado y que todavía están vigentes, aunque en otra medida. Primera, la corrección de las arbitrariedades, injusticias y agravios históricos inherentes a los fenómenos de aculturación promovidos en nombre de la moda de la modernidad, sea de campesinos desarraigados y convertidos en obreros sea de lenguas y culturas no normalizadas, fenómenos hacia los cuales las élites del XIX y (de buena parte del siglo XX) mostraron una gran insensibilidad y una falta notable de sentido crítico más que una maldad opresora. Y, segunda, la contribución a la progresiva democratización del estado, en un doble sentido al menos. Por un lado, en la medida en que le ha obligado a llevar a cabo un reparto territorial del poder. De otro, en tanto en cuanto refuerza la calidad democrática de las instituciones públicas, al tener que satisfacer a mayorías que demandan disponer de un ámbito propio de decisión en sus nichos territoriales tradicionales y en la medida en que la movilización nacionalista refuerza la participación de un amplio sector de la ciudadanía en la cosa pública. Esta segunda dinámica sigue teniendo hoy un valor relevante. E, igualmente, sigue siendo un valor positivo la conservación y protección del patrimonio lingüístico-cultural recibido de la tradición, su promoción y desarrollo, en el mundo presente de la “globalización” que empuja en un sentido homogeneizador y es una amenaza cada vez más inquietante para las lenguas de escaso peso demográfico y escasa potencia de producción cultural.
Aparte de un valor conservador esencial, de las raíces propias, de un bien patrimonial propio, en este caso especial por su cualidad singular de lengua-isla superviviente de las culturas pre-indoeuropeas, lo más importante de la protección y desarrollo de la lengua no normalizada reside en su dimensión social. Esto es, la promoción de las gentes excluidas o ninguneadas o marginadas por poseer una lengua y una cultura marginada y relegada en el proceso de modernización; el reconocimiento de su dignidad y autoestima; reducir las discriminaciones sociales derivadas de ese tipo de fenómenos en todas aquellas sociedades en las que el mercado de trabajo y la movilidad social penalizan a quienes poseen los atributos lingüísticos y culturales “equivocados”; promover, en fin, la igualdad de oportunidades. A lo largo de la mayor parte del siglo, esto ha significado mucho, sobre todo para los euskaldunes menos competentes en lengua castellana. En la actualidad, empero, cada vez tiene más campo de aplicación, en el ámbito de la CAV, para los castellano-parlantes monolingües de menos recursos económicos, a los que el bilingüismo facilita el acceso a importantes sectores del mercado de trabajo.
¿Es tan decisiva la contribución de los nacionalismos a reforzar la cohesión social, por su énfasis comunitarista en unas sociedades con riesgo de excesivo individualismo?. El sentimiento nacional es, en efecto, un cimiento muy eficaz de la cohesión social, de la solidaridad entre los compatriotas, de la realización de políticas redistributivas. Pero ha de tenerse presente que el valor cohesionador de la nación descansa en su fuerza como hecho o sentimiento compartido; cosa que en el caso vasco sólo alcanza de momento a la comunidad abertzale. Se subraya con razón la idea de que las sociedades libres, democráticas, redistributivas, exigen mucho de sus miembros y de su autogobierno, requieren mucha solidaridad interior y un fuerte sentimiento de identificación mutua, dado que no pueden funcionar eficazmente sin una fuerte identificación con un proyecto común y sin que los ciudadanos que comparten ese proyecto se sientan especialmente vinculados entre sí. Pero este argumento opera en todas las direcciones y no únicamente a favor del ámbito nacional vasco. Una parte de la sociedad vasca lo extiende al ámbito español, con todas cuyas gentes entiende que forma una comunidad política, y, en cierto sentido, ya lo extiende también al europeo.
Donde la población es heterogénea y convive una diversidad de identidades es preciso exigirle que asuma y promueva valores de diálogo y encuentro. Especialmente allí donde la realización práctica del derecho a proteger y desarrollar la propia cultura exige entrar en cuestiones que son materia de acuerdo social y de oportunidad política: como la asignación de recursos públicos, la legislación de ciertas obligaciones públicas y de ciertas restricciones a la libertad individual, etc. Un planteamiento dialógico, de discutir y tratar sobre los conflictos de identidad presentes en la sociedad vasca, redunda en comportamientos y actitudes que ayudan a encauzar los conflictos. Tal planteamiento es imprescindible para encontrar fórmulas de reciprocidad: que satisfagan a la mayoría y acomoden mejor a las minorías mediante compromisos que buscan tanto lo uno como lo otro. Sobre todo en países, como el nuestro, en los que hay un baile de mayorías y minorías si se mira la realidad a diferente escala territorial.
Y por encima de todo, en cualquier caso, ha de haber un valor básico: que lo nacional debe construirse sobre un cimiento de reconocimiento y respeto de los derechos fundamentales de todos los ciudadanos y de todas las personas, derechos cuya garantía y protección por parte de las instituciones está por delante de todo.
Valores particulares. Que reconocemos como valores particulares, de grupo o de parte pero no del conjunto, salvo que el conjunto de la ciudadanía decida expresamente elevarlos a la categoría de los bienes y valores que han de ser compartidos por todos.
El abertzalismo se llena de legitimidad moral como defensor de aspiraciones de una parte de la sociedad y como defensor y garantizador, en particular, de la conexión y continuidad de la propia tradición heredada, delicada en este caso por referirse a un pueblo-isla, a una cultura-isla, que nos remite a tiempos pre-indoeuropeos. Pero si se olvida de su naturaleza parcial y los postula como una exigencia nacional para todos y de todos, sin negociar sus bienes y valores con la parte de la sociedad que no representa, pierde pié en la realidad y pierde legitimidad moral.
La lucha por el poder de los míos y para ganar nuevos territorios de poder para los míos, muy presente en actitudes y comportamientos de las élites: políticas, económicas, culturales, es un ejemplo de valores particulares. En ese caso, se reviste de moralidad la lucha en todos los planos por el poder de los míos, de modo que sanciona la bondad y superioridad de esta opción por ser la de los míos. Y otro ejemplo de esto, en fin, es aquella actitud política que tiende a ensimismarse en lo propio y que reviste de moralidad los bienes particulares. En su fundamento suele darse a veces ese relativismo moral puro y duro: lo mío es muy bueno por ser mío. Pero también puede haber, sin más, una cierta inmadurez, un no querer crecer y permanecer en esa edad en que no se ha descubierto todavía que mis derechos y aspiraciones limitan con los derechos y aspiraciones de otros.
Valores negativos que rechazamos.
Consideramos un valor negativo el no reconocimiento de otras identidades o la falta de respeto a las mismas, el hecho de ningunearlas por “ajenas”, así como la desconsideración de las minorías, de su dignidad y sus derechos. Incluyendo las formas más sofisticadas de todo esto, como los discursos y argumentos que buscan y producen un retraimiento de los “otros” de la cosa política y la aceptación de una posición subordinada. Ejemplos de este discurso son los siguientes argumentos. 1) El monopolio y acaparamiento de la definición nacional del País Vasco: la pretensión de ser único juez y único legislador de lo vasco, el confundir la parte con el todo, desvalorizar e ignorar lo que sale de un guión propietarista que afirma que éste es el espacio de los vascos, que los otros ya tienen el suyo y no pueden competir con la identidad de aquí ni deben pretenderlo. 2) Apelar a la propiedad originaria, al derecho del primer ocupante, y poner al “otro” en un status subalterno para siempre: de inquilino subordinado. 3) Algunos aspectos del anti-españolismo: lo español como algo exterior, ajeno, impuesto, corruptor; que cabe avenirse con ellos sólo como buenos vecinos, nada más; que considera el castellano como una lengua ajena e impuesta.
En otro orden de cosas, no consideramos un valor positivo de la construcción nacional el que ésta conlleve, como está sucediendo, una excesiva estatificación del autogobierno y la creación de otro enorme aparato administrativo a imitación del aparato central estatal. Ni resulta más eficiente para la sociedad, sino todo lo contrario, ni favorece una mayor calidad democrática.
Tampoco consideramos un valor positivo el recurso a la victimización, normalmente utilizado de forma demasiado abusiva en la política vasca. No nos satisface la hipérbole desmesurada sobre la situación nacional vasca y las amenazas que se ciernen sobre ella: según unos por la maldad intrínseca de los proyectos español y francés que pretenden eliminar la realidad nacional vasca por todos los medios, según otros por la maldad intrínseca de los proyectos abertzales asimilacionistas y excluyentes. Tanto en una como en otra encontramos una disputa, en el fondo un tanto narcisista, por la atribución de la categoría de víctima sufriente y oprimida, de la que nos sentimos alejados.
Integración del pluralismo
Nadie discute ya el hecho del pluralismo vasco. Todo el mundo lo afirma y reconoce. Pero hay una discusión enconada, a veces sorda y oculta, a veces bastante ruidosa, sobre un par de cuestiones. Primero, cual es su especificidad en el caso vasco. Y, en segundo lugar, sobre el valor del pluralismo, qué obligaciones comporta, qué es lo que supone.
Acerca de lo primero, lo más específico de la pluralidad vasca estriba en la diversidad de opiniones y sentimientos en todo lo que afecta a un aspecto particular y fundamental de nuestra sociedad desde hace un siglo: la ll