El
mundo en el que vivían nuestros antepasados era muy
distinto del actual. El clima era duro y buscar una cueva,
abrigo o fabricarse
un refugio era de suma importancia. Grandes animales, hoy desaparecidos,
eran objeto de temor y otros lo eran de caza: leones,
hienas, osos, bisontes, renos,
mamuts..., pero la búsqueda de alimentos no se centraba
únicamente en la caza. La recolección de raíces
y frutos era básica. Así, cuanto mayor conocimiento
se tenía
del hábitat mayores eran las probabilidades de
sobrevivir. Las costas, por ejemplo, ofrecían
una gran cantidad y variedad de alimentos, de hecho los pueblos
que vivían en ellas tardaron en establecer la agricultura
porque simplemente no la necesitaban. Los intercambios entre
pueblos lejanos de conchas, ámbar, sílex, sal...
se hizo necesario. Pero, por encima de todo esto, saber obtener
fuego se convirtió en la diferencia entre la vida y la muerte.